sábado, 1 de mayo de 2010

Rostros que pasan


El tren de la línea La Coruña-Madrid se averió una noche a la altura de Nistal de la Vega. Al escuchar el ruido me descolgué por la ventana de casa y sin pensar en el relente de la noche, ni en la más que probable bronca de mi madre, me acerqué corriendo a la vía. A través de los cristales de un compartimento de segunda, bajo una mortecina luz amarillenta, una chica de trenzas rubias y grandes ojos oscuros me contemplaba con curiosidad de entomólogo, como si yo fuera un minúsculo insecto encerrado en un bote de cristal. Supongo que me enamoré de ella al instante. Durante un buen rato, con las manos en los bolsillos, me quedé mirándola en silencio. De vez en cuando inclinaba un poco la cabeza y, sonriendo, se apartaba el flequillo con la mano izquierda para verme mejor.

No se cuanto tiempo pasó, pero de pronto el tren hizo un ruido sordo, se puso en marcha y aquel rostro se fundió con las sombras. Lo perseguí con desesperación algunas noches insomnes. Por las tardes, a última hora, recorría con mis gastados zapatos Gorila los campos de lúpulo que bordeaban el camino del viejo apeadero, a la sombra de un cerro en el que el viento nordeste te afilaba los huesos y me acurrucaba junto a la vía, como un indio apache, para captar con mi oreja el sonido del tren acercándose en los railes, pero uno a uno fueron pasando los días, llegó el otoño, regresé a Asturias y nunca volví a saber de ella.

Ha pasado mucho tiempo y ahora sé que en ocasiones el amor no es más que eso: un rostro que resplandece un instante y se pierde en la noche sin nombre.

Pero hay instantes que valen por toda una vida.

PD. El viernes pasado, al regreso de un soporífero curso de Gestión del Patrimonio, volví a verla. Estaba sentada en una de las cafeterías de la estación de Atocha, al pié de las escaleras mecánicas. En cuanto la ví supe que era ella, pero no me atreví a acercarme. Al fin y al cabo, ¿qué podía decirle: te vi una vez en un tren? De pronto, ella inclinó la cabeza suavemente y, apartandose el flequillo con la mano izquierda como lo hacía hace casi treinta años, me miró con curiosidad y sonrió.

4 comentarios:

  1. El amor es mucho más. Pero la historia, aunque irreal, es muy bonita.

    P.D. Dedicado a Jose Ignacio, que un día se encontró conmigo y, a pesar del tiempo y de las circunstancias, todavia me quiere tanto.

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  2. Muy hermosa la historia, Alfredo, gracias.

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  3. El amor

    Me desnudo despacio frente al espejo y él me mira desde la cama. Su mirada, después de tantos años, sigue siendo de admiración y de deseo.

    Me acuesto y me acurruco a su lado. Me entrelazo entre sus piernas y me rodea con sus brazos. Me mira a los ojos.

    Me doy la vuelta y se pega fuertemente a mi espalda. Siento su cuerpo junto al mío.

    Nuestros cuerpos son dos piezas que encajan.

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  4. Reencuentro 19 años después

    Iba a pasar aquel día con una amiga a la que hacía tiempo que no veía, en aquella ciudad que había sido testigo y escenario durante años de nuestras vidas.

    Al pasar por la Plaza Mayor ella recordó que tenía que recoger unos libros para regalar en Navidad. En la librería, cuando nos acercamos a la caja, él estaba ahí. No podía creerlo, me parecía un sueño más. Él no vivía en esa ciudad ni solía ir por allí. Habían pasado 19 años menos un día desde que nos estuvimos juntos la última vez.

    Me miró, sonrió y, sin decir nada, me abrazó con fuerza durante un buen rato. “Con lo que yo te he querido, mi niña”.

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