sábado, 8 de diciembre de 2012

Un marino asturiano




Fernando Villaamil fue un asturiano nacido en 1845. Un marino asturiano, para ser precisos, puesto que toda su vida estuvo ligada al mar. 

Fue, además, un auténtico adelantado a su tiempo. Tras graduarse en el Colegio Naval de la Armada fue destinado a Filipinas y Puerto Rico y, más tarde, fue profesor en la escuela naval flotante, la fragata Asturias, anclada en el Ferrol. Pionero en el diseño de destructores, dio la vuelta al mundo al mando de la fragata Nautilus, tripulada por gallegos y asturianos que mataban la morriña con el sonido de sus gaitas. 

En el libro en el que narra su viaje Villaamil se extraña al observar que en los arsenales de la marina norteamericana en Filadelfia se estaban construyendo dos acorazados y tres cruceros "sin que yo pueda penetrar en los fines que se propone esta nación". Aquella duda se despejaría definitivamente tan solo cuatro años después. 

En 1898, los Estados Unidos, que ya habían decretado el bloqueo naval de la isla de Cuba, inciaron, al hilo de la (provocada?) explosión del Maine en el puerto de La Habana, una contienda que todo el mundo en España creyó ganada. La armada norteamericana ni siquiera existía hasta hace unos pocos años y además Estados Unidos nunca había librado una guerra fuera de sus fronteras. Enfrente se hallaba, por si fuera poco, la histórica armada española.

La flota española enviada a Cuba al mando del almirante Pascual Cervera Topete estaba formada por tres acorazados y tres destructores. No obstante, pese a las soflamas de la prensa española y la desatada verborrea política, Villaamil sabía que, dada la enorme superioridad del enemigo, estaba poniendo proa hacia la derrota y hacia una muerte casi segura.

Aunque Villaamil propuso atacar la costa norteamericana -sabía que el puerto de Nueva York carecía de defensas- el almirante Cervera obligó a la flota española a refugiarse en el puerto de Santiago de Cuba para evitar un combate a mar abierto. En esa tesitura los americanos hicieron lo que debían: se situaron ante la angosta bocana del puerto, por la que los barcos sólo podían salir de uno en uno, para aguardar a sus presas. Villaamil propuso entonces un ataque nocturno por sorpresa, pero Cervera también desestimó esta idea.

Al ser ocupada la capital cubana por las tropas americanas y ya casi sin provisiones, la flota española se vio obligada a abandonar el puerto. Cervera decidió hacerlo al amanecer del 3 de julio, navegando hacia el oeste y con los barcos pegados a la costa. Era, de nuevo, un error, ya que una salida nocturna hubiera tenido más posibilidades de prosperar (se especula con que Cervera, sabiéndose derrotado de antemano, lo hizo por razones humanitarias, para que los marinos, al hundirse sus barcos, pudieran ganar la costa).

La flota española zarpó en orden decreciente de tamaño y potencia de fuego. El primero en salir fue el buque insignia Infanta María Teresa, capitaneado por Cervera y en último lugar lo hicieron los dos pequeños destructores de Villaamil que fueron hundidos rápidamente por el potente fuego de la flota estadounidense. Se cree que Villaamil falleció intentando subir a la torreta del cañón de proa del destructor Furor para disparar.

Los grandes cruceros, tras ser alcanzados por el fuego enemigo tardaban bastante en hundirse, lo que les permitió dirigirse a la costa para embarrancar, por lo que todos sus mandos y muchos de sus oficiales y marineros sobrevivieron a la batalla. Por el contrario, los pequeños destructores se hundieron de inmediato, falleciendo la práctica totalidad de sus tripulantes, incluido Villaamil, que fue el militar de mayor graduación caído en la batalla.

El almirante Cervera acabaría siendo senador vitalicio y desempeñando varios cargos políticos de importancia hasta su fallecimiento.

El cadáver de Fernado Villaamil nunca fue recuperado.

En 1998 España perdió sus últimas colonias de ultramar (Cuba, Puerto Rico, Filipinas). Las posesiones españolas en Oceanía (las Islas Marianas, Carolinas y Palaos), que no podían ser defendidas por su lejanía y por la destrucción de la flota española, serían vendidas un año después a Alemania por 25 millones de marcos, que, a su vez, las perdería a manos de los aliados en la segunda guerra mundial.

La sociedad española reaccionó ante la derrota con una mezcla de indiferencia y desencanto que dejaría paso a una larga y sombría resignación que quizás ya nunca abandonaríamos del todo. 

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