viernes, 14 de diciembre de 2012

Holocausto





Si tuviera que elegir el más significativo de entre todos los acontecimientos de la historia universal del ser humano, escogería la shoah, el holocausto del pueblo judío.

Intentaré explicar porqué.

El Holocausto significó el exterminio de dos terceras partes de la población judía de Europa. Pero fue mucho más que un formidable acto criminal: fue el acontecimiento que puso a la conciencia occidental frente al espejo de las paradojas de su modernidad. Con el holocausto descubrimos que la cultura, la razón y la ciencia, además de liberarnos como la Ilustración soñó, también podían ser puestas al servicio de las dimensiones más sombrías de la barbarie humana.

Spielberg captó esa idea en una escena de la Lista de Schindler: un oficial nazi toca al piano el preludio de la Suite Inglesa nº 2 de Bach y dos oficiales que lo escuchan se preguntan si lo que está tocando es de Bach o de Mozart. Acto seguido comienzan a desalojar el ghetto de Cracovia. Comienzan a asesinar a judíos a sangre fría. Y lo hacen como si tal cosa, con la serena levedad del mal. Pero esos asesinos no son analfabetos, estúpidos ni locos. Son seres humanos normales que se conmueven con la música clásica.

Desde el Holocausto la idea (o más bien el mito) de la historia como progreso tendrá que convivir con la más perfecta planificación científica del asesinato masivo y con el hecho de que, de algún modo paradójico, las esperanzas más promisorias de la humanidad fueron las que permitieron alcanzar límites de inhumanidad que van más allá de lo imaginable. Y es que el Holocausto se gestó y se puso en práctica en nuestra sociedad moderna y racional, en una fase avanzada de nuestra civilización y en un momento culminante de nuestra cultura y, por esta razón, es un problema de esa sociedad, de esa civilización y de esa cultura. La nuestra.

Si tuviera que resumir lo que pienso al respecto diría, utilizando una expresión acuñada por Zymunt Bauman, que la shoah no es un cuadro sino una ventana. No es una imagen congelada de unos hechos que ocurrieron en un momento determinado de nuestra historia, sino un cristal a través del cual se hizo obvio lo que casi siempre resulta invisible. No se trató (sólo), como a veces se ha pretendido, de un instante de locura criminal, de una herida casual o de un tumor canceroso que corrompió el tejido social. Ni siquiera fue un acontecimiento particular de la historia del pueblo judío o del pueblo alemán, sino un episodio en el que, como ocurre con los ojos del río Guadiana, una poderosa corriente, subterránea y oscura, de nuestra alma y de nuestra sociedad se abrió paso hacia la luz.

El Holocausto dice mucho, mucho más de lo que nos gustaría, de nuestra forma de vida y de nuestras costumbres, de nuestros incentivos morales y de la maleabilidad de nuestras propias normas de conducta, de la calidad de las instituciones encargadas de defender nuestra libertad y de garantizar nuestra seguridad, del efecto deshumanizador de la autoridad, la burocracia y la rutina, de los peligros del nacionalismo, el fanatismo y cualquier forma de fe religiosa y cuasirreligiosa y, en particular, nos susurra al oído todo aquello que el ser humano esconde bajo una costra superficial de cultura y corrección política.

Por eso resulta fundamental asomarse a esa ventana y mirar con atención el paisaje. Porque en esa ventana se resume y se condensa lo que Borges llamó un día la historia universal de la infamia.

Algunos de mis lectores alegarán, como suele hacerse en estos casos que guerras y persecuciones ha habido muchas y que, además, las ha habido siempre. El argumento es poco original. Pero además es trivial e inane, porque la trascendencia del Holocausto va más allá de la crueldad, la coyuntura política, el racismo, el nazismo o el número de fallecidos. Se trata, también y además, de otra cosa, de un horror racional y metódico, científico y logístico, cuyo objetivo no era la victoria, ni la destrucción del enemigo. Un horror que no se debía a nada que éste hubiera hecho o pudiera hacer: un horror que se justificaba por su sola existencia y que, por eso  mismo, exigía su aniquilación total.

¿Estamos seguros de que algo semejante no volverá a ocurrir? Si vivimos en una sociedad que hizo posible el Holocausto, ¿qué hemos de hacer para asegurarnos de que no vuelva a suceder jamás?

La respuesta a estas preguntas no debería dejarnos indiferentes.

PD. El humor de el Roto siempre me ha parecido una porquería. Naturalmente, a la mayor parte de mis contemporáneos, que son mucho más listos que yo, les tiene medio hipnotizados ese caldo concentrado de demagogia, populismo y pseudoprogresismo oportunista revestido de falsa profundidad, compromiso ético de baratillo y moralina de saldo que rezuman sus viñetas. Para vomitarse encima (encima de él, quiero decir).




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