lunes, 4 de febrero de 2013

Los de derechas de toda la vida




José el portugués era un criado a la antigua usanza, un jornalero que trabajaba de sol a sol a cambio de mala cama y poca comida las tierras del señor Eugenio, un pariente lejano de mi abuela y vecino nuestro, corrompido hasta las entrañas por el devastador reclamo de la codicia. El señor Eugenio, un vago desde la cuna con bigotillo entrecano y melifluos modales de croupier, eterno aspirante a literato y plomizo historiador costumbrista de menudencias locales que acabaría siendo concejal de Alianza Popular, había encontrado en aquel portugués sin familia y sin otra afición que el trabajo la máquina perfecta: máximo rendimiento con el mínimo consumo.

José tenía la piel morena y reseca por el sol como un fuelle de gaita. Con su chaleco gris y su gorra negra, abría en la tierra surcos paralelos en los que, con el tiempo y la lluvia, acababan brotando patatas a mansalva. A media mañana, cuando la columna le crujía de tanto trajín, se sentaba en el muro que lindaba con la finca de mi casa y se zampaba un bocadillo de chorizo. Yo me sentaba a su lado, con las piernas colgando del muro y charlábamos un rato. Decía que una vez había visto jugar a Eusebio, el mítico futbolista portugués y que eso era una cosa de otro mundo. Luego se fumaba un Celtas sin filtro y, antes de volver a la azada, se lubricaba las manos frotándolas con su propia saliva.

Murió una noche gélida de enero a los setenta años, de una violenta infección pulmonar, en el camastro de la cuadra en la que había dormido durante casi treinta años, después de varios días de agonía en los que nadie tuvo tiempo de llamar al médico. El señor Eugenio, al enterarse, se enfadó mucho y se empeñó en visitar el cadáver en persona, supongo que con la intención de comprobar que José se había muerto del todo y, en caso de que no fuera así, obligarle a que regresara al tajo. Qué desfachatez, le diría mucho después a mi abuela, morirse así, con la faena a medio acabar, que poco de fiar son estos portugueses.

Al señor Eugenio le hubiera gustado solventar el asunto arrojando el cadáver a la pila del estiércol, pero don Florencio, el cura del pueblo, que era un hombre de orden y de un metro noventa y dos de estatura, hijo de sargento de la guardia civil y de una señora con bigote que había sido monja, se empeñó en que José tenía ser enterrado en sagrado y no como una oveja atropellada por una camioneta, así que no hubo nada que hacer. Con todo, la negociación fúnebre no fue fácil. Al patrón se le descoyuntaba el bigote con solo imaginar que un criado ocupara una de los nichos de la familia y, además, le parecía que  en el fondo aquello era tirar el dinero. Finalmente, después de mucho meditarlo, decidieron colocar a José en una tumba en el suelo, en la zona comunal, en la parte vieja del cementerio, quitándole, eso si, antes las botas y la correa del cinturón por si se podían aprovechar.

Pero ya se sabe que ni siquiera en la muerte somos todos iguales. Para que no quedase ninguna duda de cómo eran las cosas, el picapedrero, el más barato y menos hábil que el señor Eugenio fue capaz de encontrar, recibió el encargo de grabar, en la base de la elemental cruz de piedra que todavía hoy preside la tumba, la siguiente leyenda: “A José el Portugués. En recuerdo de su amo”, en lo que constituye una demostración palmaria de que, si bien la vida se acaba, la hijoputez a menudo se prolonga más allá de la muerte.

Cuando regreso a Asturias muchas veces visito la tumba de José. Al lado, casi en la linde del monte, hay un murete de piedra medio derruido y yo me siento allí con los pies colgando, como lo hacía cuando era niño, a observar como los zorzales se entretienen hurgando en las conchas de los caracoles. Como está en la parte alta del cementerio, el paisaje que se divisa es muy hermoso: el Pino de la Reboria que un día pintó Nicanor Piñole y, al fondo, el monte Areo, muy cerca de la casa en la que nació mi padre. En los últimos años he observado que una mata de madreselva ha ido enroscándose en la pequeña cruz, abrazándola con fuerza entre sus dedos y por eso al atardecer la tumba de José se cubre de decenas de diminutas flores blancas que brillan como ojos abiertos en la oscuridad.

Descanse en paz.

PD. Dedicado a Miguel, al que le da miedo que me acabe haciendo de derechas.

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