sábado, 23 de agosto de 2014

No hay nada malo en ser Ramón por un rato


 
 
El constante aumento de población mundial revela que la especie humana está particularmente bien dotada para la supervivencia y por eso periódicamente aparecen en los periódicos noticias que confirman que estamos al borde de saturar nuestro hábitat y de esquilmar todos sus recursos naturales. Somos demasiados, tantos que ya casi no cabemos en el mundo y, al paso que vamos, no hay que descartar que un día no muy lejano acabemos comiéndonos unos a otros o comiendo mierda (que serán los dos únicos platos del menú).

La derivada de lo anterior es que, desde un punto de vista estadístico, existir no requiere ningún esfuerzo especial: las probabilidades están del lado de la vida y por eso somos miles de millones. La paradoja de nuestra existencia consiste, no obstante, en que, al menos a día de hoy, ninguno de esos miles de millones de habitantes del mundo sobrevivirá. Ellos y todos ustedes que me leen morirán un día. Es inevitable y nada les va a salvar. Ni el amor ni la inteligencia ni la bondad ni la valentía. El estado natural de la naturaleza es un desorden con resultado de muerte y por eso la vida es una singularidad frágil y hermosa, en permanente riesgo de extinción al dictado de unas leyes biológicas que nos han condenado incluso antes de nacer.

Para mantener la calma y no enloquecer del todo ante esa perspectiva tan funesta una buena parte de la población mundial recurre a la fe. A creer mucho y muy fuerte, con una terquedad como de burra vieja a la que todo lo que no sea su libro sagrado le entra por una oreja y le sale por la otra. Sin embargo, como esto de la fe tiene algunos peligros sobre los que ya me he extendido otras veces, me complace proponer una alternativa existencial a la que, con su permiso, denominaré deportividad: viendo cómo van las cosas y que no parece que vayan a cambiar a mejor en un tiempo, viendo que la vida no para de dar problemas, sustos y golpes y que en ella no existe nada parecido a la justicia ni al orden natural, creo que lo mejor es asumirlo de una vez por todas, aceptar que en realidad casi nunca podemos hacer nada para cambiar el curso de los acontecimientos que más nos afligen y vivir así, infantiles y mortales, como si el juego que jugamos no fuera a acabar nunca.

PD. Como algunos de ustedes son un poco duros de mollera (es broma, no se me enojen) les pondré un ejemplo práctico. Una noche Lilith te invita a su casa. Y luego a su cama. Apenas la conoces, pero parece que en algún momento de esa tarde has jugado bien tus cartas. Os ponéis manos a la obra (nunca mejor dicho), ella gime,  parece que la cosa va bien. En pleno éxtasis ella grita tu nombre. Pero tú no te llamas Ramón. Ahí, justo en ese instante, tienes que elegir:


a) Como buen compatriota de Pajares y Esteso, te empiezas a agobiar a ti mismo con la idea de que esa cama es como la Gran Vía de Madrid un sábado por la tarde y de que tú sólo eres un peatón más cuyo nombre nadie recordará al despertar, o, alternativamente, 

b) Te convences a ti mismo de que no hay nada malo en ser Ramón por un rato si es por una buena causa, te relajas y disfrutas del momento.

Traten de adivinar con qué opción de las dos serán más felices y luego me lo cuentan.


 
 

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