jueves, 21 de agosto de 2014

Una buena historia


 
(Play it again, Luke Bryan)

 
Das un último trago, miras por encima de las cabezas de la gente que se apiña en la barra, buscas a una camarera, le haces una señal y te gustaría coquetear con ella mientras pides otra cerveza, así que sonríes y levantas una ceja, más que nada porque alguien cuyo nombre querrías olvidar te dijo un día en un bar no muy distinto a este que ese gesto le gustaba mucho, pero es tarde y la camarera está demasiado cansada para apreciar tu ceja levantada y ni siquiera te mira, así que dices que vas al baño y pides la cuenta, necesitas salir de ahí, el calor del bar no es bueno para tu memoria porque la aviva y crees que el aire de la calle te va a ayudar a olvidar, así que sales con las manos en los bolsillos, sin pensar que en Tarragona no corre el aire porque estamos en agosto y que además el barrio no es bueno y que son las tres de la mañana y que aquellos tíos con mala pinta podrían darte una paliza sólo para robarte un móvil que hace dos generaciones que no es de última generación; pero a ti no te importa nada, lo único que te gustaría es desprenderte de esa incomodidad que crece en medio de tu pecho, tan real que si tuvieras la oportunidad de hacerlo, aunque fuera a regañadientes, le darías la razón a todos esos poetas a los que nunca leerás y que, sin embargo, podrían diagnosticar, sin acercarse a ti y sin margen de error, que lo que te carcome y lo que no tienes el valor de contarnos ni siquiera a tus mejores amigos es que una chica sin nombre te partió el corazón  y yo mismo, que no soy poeta ni nada parecido, pero que crecí a menos de cien metros de tu casa y que estaba presente cuando te vistieron de almirante para tu primera comunión y posabas para las fotos sonriendo al lado de tu hermano quien, por cierto, ya entonces apuntaba maneras de bobo,  yo mismo, digo, se de sobra que hace tiempo que lo estás pasando mal y por eso me levanto, me asomo a la puerta y cuando veo que te alejas del bar en dirección a la avenida corro detrás de ti, te abrazo y te digo, mientras caminamos hacia casa, lo único que se me ocurre  en una ocasión como esa: que con los días vas a encontrar las palabras, vas a empezar a dudar de muchos detalles y sensaciones que en este momento recuerdas como si los acabaras de vivir y que vas a sentarte en este mismo bar y vas a contar toda la historia de principio a fin, sin temblores en la voz, sin los ojos nublados y que cuando acabes de contarla podrás brindar con todos nosotros y te darás cuenta de que en realidad aquella fue una buena historia.
 


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