domingo, 17 de agosto de 2014

¿Existe mi enemigo? ¿Quién es? ¿Cómo combatirlo?


 
A la primera pregunta la respuesta es, sí, existe. La segunda pregunta también es fácil de resolver: es ese que todos llevamos dentro. Se trata de alguien poseído por una ansiedad y una angustia muy parecidas a las que experimentan los ancianos depositados en un geriátrico cuando comprueban, un año más, que sus parientes no han venido a visitarlos en nochebuena o, casi peor, que han venido por compromiso y que se quedan allí de pie como pasmarotes, sin saber qué decir y mirando de reojo el reloj, poseídos por el deseo irrefrenable de salir corriendo de un lugar en el que, por alguna razón, a los residentes la muerte ya no les parece una alternativa tan mala. 

La mala noticia es que ese demonio interior es un cabronazo porque está deseando transferirles a ustedes su ansiedad y su angustia y utilizará cualquier excusa para conseguirlo (una mala racha en el trabajo, un desamor, una enfermedad, una crisis económica, una pandemia de Ébola).  

La tercera pregunta es más liosa. Unos dirán que el asunto se arregla con psicoterapia, pero sólo se lo recomiendo si les sobra su tiempo y su dinero. En cuanto a la medicación vayan con cuidado o les transformará en una lechuga bípeda. Otros recurren a la ayuda de la religión, pero la religión es un placebo al que los demonios interiores no prestan la menor atención, porque están acostumbrados a sus fuegos de artificio y se los conocen de memoria. Los psicólogos modernos, esos que dicen que “ellos no curan, son los pacientes los que se curan”, son, también, relativamente inútiles, porque el paciente entra en la consulta con cien euros y con muchas expectativas y sale de la consulta sin cien euros y con la difusa sensación de que no le queda más remedio que arreglarse por su cuenta como el que le pone un parche a una bicicleta pinchada.

Les diré una cosa muy tonta pero que es verdad. La única curación posible pasa por aceptar nuestras limitaciones y tonterías con honestidad y no tener demasiadas expectativas acerca de nada que no dependa de uno mismo (y en realidad, si se paran a pensarlo, muy pocas cosas dependen por completo de uno mismo). Así formulada la respuesta parece una especie de misticismo de andar por casa, pero es todo lo contrario, es una invitación al antimisticismo: se trata de reducir nuestra dependencia de lo que piensan los demás y, esto es más difícil todavía, de dejar de escuchar esa voz interior que se deleita en repetirnos al oído todos nuestros fracasos (reales e imaginarios) y de agitar todos nuestros miedos. Esa voz que intenta, por todos los medios, que malgastemos toda nuestra energía regodeándonos en reflexiones y en monólogos interiores que son completamente inútiles.

El misticismo autoreflexivo es muy mala cosa. Y es que no hay mejor forma de ser infeliz que andar por ahí interrogándose acerca del sentido de la vida, recordando viejos agravios y padecimientos o tratando de imaginar qué pensarán los demás de lo que hacemos, qué habría sucedido si hubiéramos hecho las cosas de otra manera o cómo nos habría ido si fuéramos algo más altos, un poco más guapos o bastante menos idiotas. Todas esas indagaciones no sólo son improductivas sino que, además, nos conducen al territorio del demonio interior y por eso, en la medida de lo posible, es preciso eludir cosas como  el cine francés (tan moroso y pedante), los tanatorios, Lleida los domingos por la tarde, las residencias de ancianos, los supermercados Lidl y su mortecina luz amarillenta y sus cajas a medio desembalar y las nocheviejas con cuñados y cotillón, porque de ahí no puede salir nada bueno.  
 

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