martes, 17 de noviembre de 2015

El mono mentiroso (and all his friends)




Por mucho que te esfuerces no puedes convencer a un gorila para que te dé un plátano con la promesa de que después de morir tendrá un número ilimitado de bananas a su disposición en el cielo de los gorilas. Pero, paradójicamente, si puedes convencer a un barbudo muchacho criado en una banlieue a las afueras de París de que se quite la vida para llevarse a una docena de personas por delante e ingresar así en el deslumbrante paraíso en el que moran los luchadores por la fe musulmana. 

Para entenderlo hay que aceptar (y no es fácil porque no es evidente) que la diferencia crucial entre el hombre y todos los demás animales de la Tierra es que el homo sapiens no sólo es capaz de imaginarse cosas que nunca ha visto, tocado ni oído, sino que además ha desarrollado la capacidad de convencer otras personas de que sus fantasías, por muy descabelladas que sean, son verdad.

Todo empezó (yo no estaba allí, pero me hago una idea aproximada, así que se lo cuento) el día en que un homínido un poco cachondo -el encargado de avisar a gritos a sus compañeros de que venía el león- empezó a contar una historia alrededor de la hoguera en la que el león se transformó, gracias a sus dotes narrativas y al miedo que produce la oscuridad de la noche, en un espíritu guardián de la tribu que exigía obediencia y sumisión. En ese instante aparecieron, por primera vez, los dioses y la religión sobre la faz de la tierra. Acto seguido el narrador se autoproclamó único representante del espíritu felino en la tierra y exigió que se le pagara un diezmo en muslitos de pollo para asegurar que el clima fuera benévolo y la caza abundante. Acababa de nacer la iglesia.

Pero el homo sapiens no sólo imagina y crea mitos. También tiene la capacidad de compartirlos. Ese es el secreto de nuestra civilización: no hay nada más poderoso que un gran número de individuos que comparten un relato imaginario que les dice de dónde vienen, qué son y cómo tienen que comportarse. Aparecen así el pueblo elegido de Dios, el espíritu del pueblo que invocaba Hitler o el concepto romántico de nación al servicio de los cuales millones de individuos cooperan y están dispuestos a dar su vida.

Desde el punto de vista evolutivo carecemos de instinto natural para relacionarnos con extraños. Más bien todo lo contrario: nuestro instinto nos dice que tenemos que tener cuidado con los desconocidos y, por si se nos olvida, nuestras madres siempre nos recuerdan que no andemos en tratos con los señores con gabardina que regalan caramelos con droga a la puerta del colegio. Los mitos compartidos sirven precisamente para disolver ese prejuicio: dos individuos con una estelada en la mano que no se conocen de nada y que se encuentran en medio de una plaza saben ya, sin intercambiar ni una sola palabra, lo fundamental acerca del otro. Comparten un marco de referencia: viven dentro del mismo relato. O de la misma ensoñación, si se quiere decir con un poco más de acidez.

Los mitos no son cosa del pasado, están por todas partes: progreso, libertad, patria, economía de mercado, igualdad, derechos humanos. Todos esos conceptos representan ficciones en el sentido literal, es decir, cosas que no existen en la naturaleza, sino que son producto de nuestra mente, artefactos intelectuales. En ocasiones son buenos y nos permiten avanzar como especie. En otras, en cambio, son regresivos y entran en conflicto entre si, con los resultados de todos conocidos gracias a los noticiarios.

Si alguien me pregunta qué es una persona inteligente les diré que, para mi, antes que ninguna otra cosa, es alguien capaz de elevarse sobre sí mismo y desplegar una mirada crítica sobre los mitos compartidos, alguien que los somete a enjuiciamiento de forma continua, alguien que no se conforma con cualquier explicación trivial y que explora la realidad en busca de la verdad aun teniendo la certeza de que nunca la alcanzará del todo. 

Dicho esto, no hay nada tan estúpido como el relativismo en su peor versión: el de esos individuos que, cuando alguien pone una bomba y se lleva por delante un restaurante o una casa cuartel, siempre encuentran la forma de convertir a la víctima en culpable por medio de un relato que contextualiza los hechos hasta disolverlos en un mar de abstracciones (“en el fondo esto es culpa de la política de las potencias occidentales”, “es una manifestación del conflicto vasco”). Algo de eso hay, por cierto, en el hipócrita y nauseabundo reconocimiento a las víctimas del terrorismo que ahora se pretende por parte de algunos sectores en el País Vasco, que trata de igualar al aspirante a homicida que falleció manipulando una bomba lapa, con la esposa del Guardia Civil que vio cómo su marido regresaba a casa descuartizado y que, además y por si con eso no bastara, tuvo que enterrarlo medio a escondidas y de forma vergonzante, porque gran parte de sus convecinos –por lo demás unos vascos la mar de simpáticos y campechanos- compartían el “relato” de los asesinos.


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