martes, 12 de abril de 2016

De patrias e idiotas (patriotas)




Los nacionalistas de todos los pelajes son como palomas que trepan por la estatua de un señor con bigote empapado de lluvia y se entretienen susurrándole al oído palabras de mucha enjundia (patria, nación) que juzgan verdades eternas, pero que, a poco que uno se fije, no son más que lugares comunes que no alcanzan a esconder la añoranza que padecen cuando piensan en todo aquello que la vida les ha ido arrebatando: el olor de la comida del domingo al medio día en casa de la abuela, el calor de aquellas tardes de verano en la que el sol no acababa de ponerse nunca y la obstinación con la que un día defendieron algunos ideales que sin saber cómo se fueron extraviando un poco en cada mudanza y en cada apretura de final de mes.

En ese trasiego a la que tienen ocasión se refugian en la foto borrosa y arrugada de un espacio imaginario al que que ya no pueden regresar, aunque sólo sea porque es bien sabido que nadie regresa nunca a ninguna parte; un lugar que, sin embargo, todavía les produce un temblor que les conmueve hasta las entrañas; un temblor que es, por cierto, la nueva forma de fe religiosa del mundo contemporáneo. Una religión, el nacionalismo, en la que los dioses han sido derribados del altar y expulsados del templo y en su lugar se erige ahora orgullosa y reluciente la efigie policromada de la patria redentora.

Al empirista que mis maestros me enseñaron a ser no sólo le cuesta procesar la realidad en estos términos, sino que he de confesar que me produce bastante estupefacción semejante tráfico de pendejadas cuya unidad de medida son, al fin y al cabo, metros cuadrados de trapos de colores fabricados en lóbregos talleres instalados en los más remotos confines de la China. Con todo y por lo que a mí respecta, si por una improbable casualidad los nacionalistas tienen algo razón y la patria no es más que eso, cierta forma de añoranza y un temblor íntimo del alma, no tengo más remedio que reconocer que yo también soy nacionalista, porque desde que te conozco tu vientre, sin necesidad de himnos ni banderas, ha sido más de un millón de veces mi patria. 




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