viernes, 15 de abril de 2016

El infierno es un orden perfecto



Hay gente que cree que el propósito de la vida es llevarte de la mano a alguna parte, como si al final de tantas idas y venidas, de tantas venturas y desventuras, te estuviera aguardando algún destino reservado sólo para ti. Si tal cosa fuera cierta se acabaría la poesía: sería mejor callar y condensar todos los discursos y todas las teorías en forma de silencio, dar un rodeo hacia la sencillez como el meandro de un río que dribla una montaña de piedra caliza y aceptar con naturalidad que después de todo, como creía Demócrito, existe alguna forma de orden en el mundo.

Por fortuna o muy a mi pesar (todavía no lo tengo claro) casi siempre experimento la sensación contraria: la de vivir en un permanente desbarajuste existencial en el que mis ideas se ponen de lado, giran sobre si mismas, se interpelan y hasta se abordan a punta de navaja para resolver sus diferencias. Incluso en mis mejores días mi cerebro es una cerilla que se enciende durante una fracción de segundo, vislumbra los contornos borrosos de una imagen o de una idea y, acto seguido, no es capaz de recordar más que un pobre esbozo de aquello que acaba de alumbrar, como un niño que trata de dibujar un estanque de peces de colores con un bolígrafo de tinta negra.

Desde siempre, de forma intuitiva, asocio las religiones, los sistemas cerrados de pensamiento y las doctrinas que lo abarcan todo a las jaulas para primates de los zoológicos e incluso, como dijo una vez el gran Charles Simic, entreveo en la pulcritud el severo aroma de la tiranía. Por eso me repele toda esa gente que tiene programas, reglas y principios siempre a punto, la que encuentra todas las respuestas, la que nunca se despeina ni pierde el control y, muy en particular, la que ve en cada cosa que nos sucede un ejemplo más de no sé qué principios universales con los que, en su infinita ignorancia, creen que se puede clasificar, ordenar y resumir toda la vasta, descacharrante y escurridiza experiencia humana.

No hace demasiado, en Munich, durante la primera reunión pública del partido nazi (entonces todavía conocido como NSDAP o partido obrero alemán) Adolf Hitler dió a conocer su "programa de 25 puntos" en el que, en síntesis, se exige la reinstauración de la pureza racial en Alemania, se proclama que el destino de la nación alemana es dominar a las razas inferiores y se identifica a los judíos como enemigos raciales. Si alguno se toma la molestia de leer el susodicho programa es muy probable que se sorprenda interrogándose acerca de cómo es posible que semejante arsenal de sandeces, ideas absurdas y propósitos criminales llegara a gozar de tanta popularidad y acabara como acabó: siendo el germen de la más terrible guerra que nunca haya conocido nuestra civilización. 

Pero no deberíamos sorprendernos tanto. La promesa de un orden perfecto, de una respuesta final, de una solución definitiva a todos los problemas de la existencia tiene sobre el cerebro humano un efecto muy poderoso, porque es capaz de dejar en suspenso nuestras facultades intelectuales más básicas y hacer que sigamos, todos a una y sin rechistar, a nuestro líder camino del matadero, incluso cuando al final de ese camino estemos destinados a acabar ejerciendo de verdugos de nuestros semejantes. 


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