sábado, 27 de agosto de 2016

Gente que no debería morirse nunca



Hace un rato, mientras escuchaba a Antonio Vega, pensaba en algo que he pensado muchas veces y que seguramente ya habré contado aquí mismo otras cuantas: que hay gente, como Antonio, que no tendría que morirse nunca y que, en justa correspondencia, hay otra que no debería haber nacido o, en su defecto, que debería tener la decencia de morirse lo antes posible para no enturbiar el universo con su existencia.

Es sabido, sin embargo, que el azar no atiende a razones y por eso en las esquelas aparecen sin orden ni concierto los nombres de buenos, malos y regulares. Ocurre, eso si, que los buenos siempre nos parece que duran poco y que los malos siempre parece que duran demasiado por muy poco que vivan y de ahí esa frase tan socorrida que recorre entre abrazos los tanatorios: "siempre se van los mejores". No es que se vayan los mejores (que también), es que a los otros, cuando se van, nadie los echa de menos y no faltaría quien, si tuviera ocasión, dejaría el pie encima de la lápida para asegurarse de que no cambian de idea. 

En fin, que aquí andamos, pobres pecadores insomnes, deambulando de acá para allá en esta minúscula esquina del universo, equivocándonos, soñando, esperando, contemplando el mar, trabajando, recordando, durmiendo y, por supuesto, amando. Como dijo Antonio Vega, ese gran poeta:

De sol, espiga y deseo
Son sus manos en mi pelo
De nieve huracán y abismos
El sitio de mi recreo,

Silencio, brisa y cordura
Dan aliento a mi locura
Hay nieve, hay fuego, hay deseos
Allí donde me recreo.

La vida es eso. Una luz única y singular que trata de mantener un frágil equilibrio en el filo repleto de dientes de la realidad, siempre a punto de confundirse y desaparecer en la inmensa oscuridad de la última noche; una luz tan precaria y efímera y, sin embargo, tan hermosa como la primera nieve del invierno, tan dulce como el primer beso, tan inquebrantable como el amanecer y tan fiera como esos ojos que un día me miraron en silencio condenándome a la certeza irredimible de que, pase lo que pase, nunca podre dejar de amarte. 

PD. La última vez que fui a Madrid me quede un rato contamplando la placa que da nombre a la plazuela de Antonio Vega. Se trata de un discreto espacio entre la corredera alta de San Pablo y las calles Velarde y Fuencarral, en el barrio de Malasaña. Un día de marzo de 2011 su familia, sus amigos y muchos madrileños anónimos se quedaron allí, bajo la lluvia, rindiéndole un más que merecido homenaje. 



Un genio

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