jueves, 16 de febrero de 2017

No te pares


Nunca, nada, nadie. Tres palabras terribles, sobre todo la última 
(Antonio Machado).

Vivimos más que nunca y vamos más rápido que nunca de un sitio a otro y sin embargo no deja de asombrarme que todo el mundo tiene prisa: de casa al trabajo, del trabajo al gimnasio y del gimnasio a no se dónde y de no se dónde a otro sitio en el que ya les están esperando para que puedan llegar a tiempo a otro sitio. Algo me dice que se trata de estar ocupado, de no detenerse nunca porque si te descuidas y te quedas quieto puede que algo de esa aridez que a veces presientes se asome a la superficie y entonces quizás esa herida empiece a hablar y a lo mejor no te conviene escuchar lo que tiene que decirte. 

Pero es sólo una hipótesis. A lo mejor se trata sólo de que tienen prisa porque tienen muchas cosas que hacer. Y es normal porque tenemos un montón de tareas pendientes: ser otro -quizás mejor, quizás sólo distinto, quizás uno que fuimos, que creímos ser o que soñamos que seríamos-, hacer que el tiempo se detenga y se congele como en los anuncios de cremas hidratantes, cartografiar el futuro y reconocer en él las avenidas y los cruces de nuestro destino para dejar de preocuparnos, tener las mejores cartas en todas las partidas para mirar siempre a los ojos al enemigo con la certeza de que esa vez tampoco nos espera la derrota y adquirir, en fin, secretos superpoderes que nos arrebaten la muerte, el desamor y la enfermedad.

De niño dibujaba con mi dedo índice palabras en las ventanas empañadas por el vapor del río. A cada trazo se formaba una gota de agua que se deslizaba impasible y decidida, ajena a todo, ventana abajo hasta desembocar en un río de madera pintada de azul. Han pasado cuarenta años y sigo sin tener prisa y sigo escribiendo sobre un vidrio mojado para que un día, contra toda probabilidad y contra toda esperanza, una de esas palabras se suspenda en el vacío y se redima de su condena a una existencia fugaz a la que no ignoro que ninguno de nosotros escapará por muy rápido que vayamos hacia ninguna parte. 



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