domingo, 4 de enero de 2015

Recuerdos que van y que vienen



El día en que falleció mi madre mi novia estaba de viaje y cuando se lo dije estaba tan ocupada que ni siquiera tuvo ocasión de llamarme, aunque para compensar su ausencia hay que reconocer que no tuvo inconveniente en mandarme unos cuantos mensajes de ánimo, de esos que envías cuando alguien te comenta que se ha muerto un pariente cercano de algún compañero del trabajo que te cae regular o -seamos sinceros- regular tirando a mal, y a pesar de todo quieres cumplir con el expediente y que no se diga que eres un individuo cruel e insensible.


A los dieciséis años me diagnosticaron un síndrome que hoy se conoce como HSAM, acrónimo inglés de Memoria Autobiográfica Altamente Superior (la traducción es bastante deficiente) que consiste en la capacidad para registrar eventos del pasado relacionados con la propia experiencia con un nivel extraordinario de detalle y precisión, desde un acontecimiento familiar a una historia más o menos intrascendente que alguien me ha contado, que he leído o que he escuchado por casualidad ayer por la tarde o hace veintiocho años, cuatro meses y dos días.


La HSAM va un poco por libre porque es un registro personal y arbitrario de acontecimientos y no una grabadora sistemática de todo lo que me ocurre: puedo recitar como si las tuviera delante unas ochenta oraciones que aprendí cuando me preparaba para la primera comunión simplemente porque estaban en el libro y una tarde me aburría y me puse a ojearlas, la lista de los 3.000 primeros números primos porque una chica muy guapa me dijo una vez cuando estaba en octavo curso que nadie podía aprenderse algo así o el color de las rayas de la camisa y el olor rancio a tabaco del individuo que me vendió mi primer coche con el viejo truco de fingir que negociaba el precio por teléfono con su jefe y, en cambio, no es inusual que sea incapaz de recordar como se llama un compañero del Catastro con el que me he tropezado noventa veces en cinco años.

Por eso no me resultó extraño que pensando en mi novia y estando como estaba en el funeral de mi propia madre de pronto, sin venir a cuento, me pusiera a tararear en voz baja una vieja canción country que ni siquiera recordaba haber escuchado y que lleva por título "That's how I got to Memphis". La canción en cuestión dice así:



"Si amas a alguien lo suficiente
le seguirás donde quiera que vaya.
Así fue como llegué a Memphis.
Si amas a alguien lo suficiente
irás dónde tu corazón quiera ir.
Así fue como llegué a Memphis.
Se que si la hubieras visto me lo dirías
porque eres mi amigo.
Debo encontrarla
y averiguar en qué líos anda metida.
Si me dices que no está aquí
seguiré el rastro de sus lágrimas.
Así fue como llegué a Memphis"


El caso es que en cuanto empecé a cantar la canción -en voz baja, porque no se trataba de una iglesia evangelista y dudo que el cura del pueblo se hubiera puesto a hacerme los coros- supe exactamente y con toda claridad qué era lo que debía hacer con aquella muchacha a la que tanto había llegado a querer y que tan poco se merecía ese amor.

Y ¿saben? No me resultó nada difícil hacerlo.

PD. Mi abuelo materno estaba un poco loco. Se identificaba con Don Quijote, ya saben, aquel viejo demente que se creía capaz de salvar al mundo de una epidemia de incivilidad y barbarie actuando como un caballero; un individuo cuya única religión era la decencia y que se pasó toda su vida combatiendo el mal a pesar de que en tal empeño solo encontró penalidades, duelos y quebrantos. Hoy me doy cuenta de que mi abuelo, que amén de alcohólico era un señor como la copa de un pino, me contagió algo de aquella locura suya y me satisface pensar que si pudiera verme desde su tumba no estaría del todo avergonzado de la persona que soy si, como estoy seguro de que haría, me juzga por lo único que contaba para él: por el valor de las personas que me han demostrado y me demuestran siempre que tienen ocasión que me quieren de verdad. No hay mayor fortuna en la tierra ni cosa alguna que me importe más que esa.



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