miércoles, 9 de marzo de 2016

Ana Moura





El 24 de junio asistiré al Festival de Fado de Madrid para ver, escuchar y a ser posible olisquear cual perrete callejero a Ana Moura, hermosa fadista de voz espesa y aguardiente, cuya repleta agenda de conciertos ya me gustaría a mi adoptar como agenda de viajes para este año (o para cualquier año de los que están por venir), si no fuera porque o me toca la lotería o no hay manera, porque ese trasiego no hay presupuesto que lo resista.



Desde hace años Ana Moura y Cristina Branco son mis dos fadistas de cabecera y recurro a ellas siempre que intento olvidarme de la parte más gris de la existencia (las malas noticias que abarrotan los telediarios o la inagotable rutina de la vida funcionarial en la que todo es siempre lo mismo y nada parece avanzar hacia ninguna parte) y transportarme a otro lugar en el que el espíritu se sosiega y la vida recobra, en cierta forma, algo parecido a un sentido, si es que tal cosa es posible. 

En cualquier caso ese viaje resulta más barato que uno a base de crack o meta-anfetaminas y además no hay riesgo de que la policía te acompañe esposado al cuartelillo o te imponga una multa por posesión/tráfico de estupefacientes. De todas formas como me he prometido a mi mismo no engañarles más de lo que sea imprescindible, llegado este punto no tengo más remedio que hacerles una advertencia: ese viaje -como todos los viajes- también tiene efectos secundarios porque el que regresa siempre es un poco distinto del que partió y ese leve cambio puede tener consecuencias impredecibles, así que ándense con mucho ojo y no subestimen el revolucionario poder del fado. 




Cantar é ser um pássaro de esperança
Poisado no olhar duma criança
Que de olhar nunca se cansa.
Amigo
Não tenhas medo do cansaço ou do castigo
A nossa voz dá-nos calor, dá-nos abrigo.
A hora
É de mandarmos a saudade e o choro embora
E noutro fado desgarrarmos vida fora.


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