martes, 8 de marzo de 2016

Mapas que nunca aparecerán en tu navegador



When you get where you're goin
Don't forget turn back around
And help the next one in line
Always stay humble and kind


En el vasto mundo de la antigüedad todo se medía de forma vacilante y por aproximación: los mapas y las cartas de navegación se trazaban con más pulso e imaginación que brújula y compás, los pesos, las medidas y los nombres de las cosas cambiaban en cada puerto y hasta la medicina resultaba imposible de deslindar de la magia o de la alquimia.

Las cosas han cambiado mucho desde entonces y ahora todo se mide y se cuantifica con exactitud. Las matemáticas describen el peso exacto de cada uno de los ingredientes de tu tarta de cumpleaños, nos revelan los centímetros invisibles que crecen tus hijos, las calorías que consumes y los pasos que das al regresar del trabajo. Todo se cuenta y se recuenta: la composición de tu sangre y de tu orina, tu coeficiente de inteligencia, tu índice de glucosa y tu tensión arterial. 

El problema es que existencia humana no puede ser explicada por medio de ninguna de esas magnitudes. Nadie en su sano juicio diría que su vida puede medirse de forma razonable en metros recorridos a pie, continentes avistados desde el aire, años de antigüedad laboral, latidos de corazón, litros de sudor, kilos de patatas ingeridos o en metros cuadrados de papel garabateados con tentativas de poemas.

La vida es una complicado entramado de dimensiones, masas y fuerzas que articulan la realidad y ese entramado puede ser descrito de forma muy precisa por la ciencia mediante complejos sistemas de ecuaciones. Pero ninguna de esas ecuaciones, ninguna de esas magnitudes puede decirte quién eres en realidad, porqué algunas tardes de domingo te sientes triste sin motivo, porqué nunca te llevaste bien con tu hermano, porqué tu hija te mira de esa forma cuando le hablas, porqué tu padre tuvo que morir tan joven o porqué Ana se enamoró locamente de ti y en cambio, su hermana Marta, que era la que en realidad te gustaba, acabó contrayendo matrimonio con un grisáceo y algo siniestro abogado penalista con alopecia y primitivos modales de tratante de ganado con el que tuvo dos hijos y con el que siempre parece (ay!) tan desoladoramente triste.

Lo más hondo de la experiencia humana sigue discurriendo entre tinieblas y los mapas de esa parte de nuestra existencia de los que disponemos para deambular por la vida y sobrevivir a sus avatares y embestidas no son mejores ni más precisos que los que utilizaban los navegantes de la antigüedad para surcar los mares cuando dejaban atrás la costa de Galicia y se adentraban en lo más hondo del océano, allí donde según cuentan las leyendas moran los dragones de boca de fuego y las sirenas que seducen a los marinos con su dulce canto. 



PD. Les revelaré una cosa. Hay algo en lo que los mapas antiguos no andaban errados: ahí afuera les aguardan dragones y sirenas. En esa tesitura sólo caben dos opciones: cerrar la puerta y esconderse debajo de la cama para no meterse en líos o lanzarse a navegar a mar abierto y que sea lo que la suerte quiera. Ninguna de las dos les garantiza la felicidad pero si se atreven a vivir al menos podrán decir que han vivido -que es más de lo que mucha gente hace- así que, a poco que las circunstancias se lo permitan, opten siempre por las sirenas y olvídense de los dragones. 

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