jueves, 10 de marzo de 2016

Reflexiones sueltas



(1) Los países latinos (España, Italia, Argentina) son ingobernables porque están formados por individuos que -pese a lo que podría hacer pensar el volumen de sus fracasos personales y colectivos- lo saben todo de todo, son capaces de arreglar cualquier problema en dos minutos apoyados en la barra de un bar y están en condiciones de emitir juicios sumarísimos sin sacarse el palillo de la boca sobre todo tipo de asuntos, por más intrincados que lleguen a ser o por muchos conocimientos de física cuántica que requieran.

(2) Lo más curioso de la vida es tener la certeza de que incluso cuando todo el mundo te mira y te sonríe nadie tiene ni la menor idea de lo que te sucede por adentro y aceptar la paradoja de que incluso tú mismo apenas sabes nada y apenas controlas nada y que tu única opción -si eres sincero contigo mismo- consiste en quedarte asomado e insomne, observando -a ratos asustado y a ratos divertido- el desenlace de tu propia historia.

(3) Nunca me ha gustado los nombres de los indios en las películas de vaqueros (caballo loco, toro sentado, oso blanco, estrella fugaz, pequeño cuervo). Me parecen un poco simplistas. Yo hubiera sugerido otros más evocadores y precisos como "Águila voladora que contempla con interés no exento de desdén la puesta de sol desde lo alto de la montaña donde moran los espíritus de los antepasados" o "Pequeña serpiente previsora que vale por dos porque vadea el gran río antes de que los primeros rayos de sol de la primavera derritan la nieve en las laderas de las colinas y ya no haya forma de pasar al otro lado". Me gustaría ver la cara de John Ford al escuchar algo así. 

(4) Cuenta Borges (en realidad Coleridge lo dijo antes) que todos los hombres nacen platónicos o aristotélicos. Los platónicos creen que las clases, los órdenes y los géneros son realidades. Los aristotélicos -entre los que me cuento- intuimos que son ficciones o, al menos, generalizaciones. La mente inglesa -en general, porque al categorizar uno se convierte en platónico- es aristotélica: para el inglés lo real no son los conceptos abstractos sino los individuos, que son irreductibles e impares. Por eso en el parlamento británico sucede algo que resulta inexplicable a nuestros ojos, acostumbrados a la férrea y estúpida disciplina de voto: diputados de un mismo partido se pelean entre si, se abuchean y hasta se sacuden si es menester. Tal cosa sucede porque como buenos aristotélicos los británicos se consideran antes personas que miembros de un rebaño. A los alemanes, en cambio les encanta especular con categorías y abstracciones, cosa muy peligrosa porque es fácil dar un paso más y empezar a privilegiar unas categorías (razas o ideologías, por ejemplo) sobre otras y entonces acontece que algunos ciudadanos acaban marcados como si fueran ovejas merinas camino del matadero. Entre ustedes y yo: desconfíen del platonismo, tengan cuidado con las generalizaciones y si se encuentran con individuos de esos que se llenan la boca de abstracciones (patria, independencia, valores, principios, progreso, igualdad), a la que puedan, echen mano a la cartera, sujétenla con firmeza y cámbiense de acera.

(5) Un día ella aparecerá en tu vida, como una pesadilla de libélulas negras y elegantes flores de invierno. La reconocerás porque sus ojos abisales no son de este mundo y porque incluso cuando te sonría escuetamente sabrás que nunca será tuya y que comenzaste a perderla en el mismo instante en que la conociste. Al correr del tiempo, cuando se haya ido y te preguntes cómo pudiste enamorarte de esa forma recordarás que cuando estaba alegre en sus ojos centelleaba una luz hermosa y desconcertante que era capaz de arrancarte la ropa, levantarte por encima del asfalto y hacer que olvidaras hasta tu propio nombre con la serena levedad de las cosas que no se pueden olvidar porque son obra del mismo demonio en persona. 

(6) Hay un mapa estelar en las cosas pequeñas, en las miradas fugaces de los pasajeros de los vagones de tren que cruzan el páramo a medianoche, en las piedras que viajan lenta e imperturbablemente hacia su hogar en el fondo del río. Un camino alumbrado por un instante improbable que no se repetirá y en el que a veces, muy raras veces, si se escucha con atención se puede oír la voz de alguien que pronuncia nuestro nombre en silencio.









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