Nuevo gobierno



Si no pasa nada raro, es decir, nada más raro de lo que ya viene pasando, en los próximos días Pedro Sánchez será elegido Presidente del Gobierno. Si alguien me preguntara mi opinión al respecto diría que es un individuo que representa a la perfección lo peor del tiempo que nos ha tocado vivir: un partido formado por mesnadas de mediocres que sólo mantienen la espalda recta cuando el comandante les ordena poner su respaldo en posición vertical porque su avión está a punto de despegar ha tenido a bien elegir como caudillo al más mediocre y mendaz de todos ellos, uno que, a su vez, se rodea de personajes que, como Adriana Lastra, no se sabe si producen más pena, más vergüenza ajena o las dos cosas a partes iguales.


El PP, por su parte lo tiene crudo, porque por mucho que Casado se esfuerce y tengo la impresión de que el muchacho se esfuerza mucho, mientras Vox exista -y nada indica que eso vaya a dejar de ser así- los populares no van a ganar unas elecciones generales ni aunque el candidato del PSOE sea un mono borracho abrazado a un un fardo de cocaína (o, en su defecto, Adriana Lastra). Y no ganar las elecciones es malo, pero que te las gane un individuo de la catadura moral e intelectual de Pedro Sánchez y que, además, lo haga varias veces en el mismo año tiene que ser un plato de difícil digestión.

Vox, a su vez, anda a lo suyo, que viene a ser como una convención internacional de cuñados que tienen soluciones para todo, a veces razonables y a veces un poco extravagantes, pero que, más allá de su posible acierto, generan un enorme entusiasmo entre el electorado porque cumplen con todos los requisitos necesarios para propagarse como un incendio en verano: son sencillas de entender, se dirigen al meollo de los asuntos que interesan al ciudadano medio, sirven para todo como una navaja suiza y (ay) a menudo tienen una relación algo problemática con la realidad.

Podemos es el reverso tenebroso de la fuerza: el partido que concita el apoyo de comunistas, antisistema, anticapitalistas, ex-comunistas, radicales y, en fin, criaturas de diverso pelaje y variopinta indumentaria cuyo único rasgo común es un odio visceral hacia España y todo lo que la idea de España representa y ha representado. Ahora, por fortuna, como un selecto manojo de los peores podemitas va a recibir una cartera ministerial cuidan de morderse la lengua y eso nos ahorra su dosis habitual de bilis. A ver cuánto dura. 

En cuanto a la bancada independentista, ERC apuesta claramente por aparcar el asunto de la independencia a la espera de tiempos mejores, pero, claro, no puede decirlo alto y claro porque si lo hiciera parte de su electorado saldría corriendo en desbandada hacia prados más amarillos, así que se conforma con dejar pasar los días con la esperanza de que la energía del proceso se acabe por disipar como las burbujas de una botella de champán abierta la semana pasada. Y lo cierto es que para eso, para matar el tiempo sin hacer nada, no se me ocurre mejor camino que recurrir al maestro Jedi de la engañifa y el trilerismo: Pedro Sánchez. 

Por su parte el partido ese que no sé como se llama porque cada semana cambia de nombre y hace meses que me he perdido (el de Puigdemont, Torra y otros personajes con cara de enfurruñados) está empeñado en conducir su vehículo (Cataluña) hacia el abismo como un adolescente que trata de demostrar que a chulo (es decir, a independentista) a ellos no le gana nadie. Sin embargo, más allá de la retórica, su objetivo no es una independencia que a corto plazo saben imposible, sino exterminar a Esquerra Republicana (su enemigo mortal) y de paso, conservar el Govern de la Generalitat, que es la ubre de la que se alimentan -y muy bien por cierto- miles de cargos del partido cuyo único objetivo verificable consiste en cobrar una suculenta nómina a fin de mes.

Dejo para el final a Ciudadanos, que es el partido al que yo he votado y al que es muy probable que vote en las próximas elecciones (sean cuando fueren). De su muy menguante fuerza se ha culpado a Albert Rivera y a su discutible estrategia, pero mi impresión personal es que se trata de una formación política que, en una coyuntura normal, está condenada a tener un resultado muy discreto, porque el centro electoral en nuestro país está formado por una multitud... que cabe dentro de una furgoneta no muy grande. Un puñado de liberales (entre los que me cuento) y unos cuantos miles de individuos que no participan del cerril entusiasmo por los lugares comunes de los votantes de Podemos, el PSOE y el PP. Un electorado pequeño, volátil, algo histérico e hipercrítico que cuenta, eso si, con la mejor candidata posible, Inés Arrimadas, que comparada con Torra, Sánchez o Iglesias no es que parezca mejor, es que parece de otro planeta.

Perder no me preocupa. Desde que tengo uso de razón he estado en en la oposición: mis opiniones nunca concuerdan con las de la mayor parte de la gente y, además, me asombra el entusiasmo lindante con la idolatría que muchos de mis conciudadanos profesan por individuos dotados de cualidades que soy incapaz de reconocer y de intuir siquiera, pero que a ellos les deben parecen evidentes y hasta es posible que lo sean. Acostumbrado a navegar en minoría absoluta en medio del océano de un electorado por el que -voy a decirlo suavemente- no experimento ninguna simpatía y considerando que carezco tanto de la voluntad como de las habilidades necesarias para prosperar en política, me conformo con mirar el panorama con cierta distancia y trato de no tomarme en serio lo que en el fondo no deja de ser una pequeña astracanada diseñada para mantener entretenidos a grandes y chicos.


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