miércoles, 22 de febrero de 2012

Todos amamos desesperadamente


Me prometió que nunca moriría de amor por mí. Yo le prometí, a cambio, que tampoco lo haría por ella. En los tiempos que corren ese amor exento de heroísmo no me pareció un mal trato. Y no lo era.

Es difícil hacer un poema de amor entre sonrisas, con un montón de dinero en los bolsillos y toda la tarde del viernes por delante. El domingo por la tarde, después de un fin de semana perdido, ya es otra cosa.

Ella me gustaba mucho, así que me comporté toda la noche como una fiera encantadora y dije cosas estupendas de las que resulté ileso de milagro: podría haberme muerto de un ataque de inteligencia en cualquier momento. Yo mismo me hubiera aplaudido si hubiera sabido cómo hacerlo sin que nadie se diera cuenta.

En cuanto me miró supo, no se cómo, que existía en lo más hondo una habitación a la que no había subido nadie, un lugar en el que siempre es de noche. Un cuarto oscuro agazapado en una casa vacía.

Cuando ella entraba en una habitación, con aquella levedad inaprehensible y su perfecto exoesqueleto de flor blanca desplegado al viento, todos la amábamos desesperadamente, como una verbena de peces entusiastas. Luego fuimos descubriendo que para redimir ese pecado no siempre alcanzaba una vida. 

Los más inteligentes apenas saben un par de cosas acerca del amor que los demás ignoramos. Cosas que nosotros, tan febriles y exaltados, comenzaremos a sospechar justo cuando sea demasiado tarde y nada tenga ya remedio.

Yo me dedicaba a recoger sus pedazos y, a cambio, ella comía y bebía de mi sangre en una alianza vieja y eterna que tenía el amargo sabor del lorazepam. Nunca supe cuando empezaron las cosas a ir tan mal y cuando empezó a hacer tanto frío en todas partes.

La casa estaba llena de gente y justo en medio estabas tú, ocupando el centro mismo del universo, llenando el mundo con tu sonrisa. Pensé que podría tomarte de la mano y detener el tiempo en los bolsillos de mi americana. Sucedió hace mucho tiempo, pero incluso entonces esta noche solitaria ya estaba escrita.

Estoy casi seguro de que hice algo por ti, pero no lo recuerdo. Algo inocente o práctico, generoso o casi noble. Algo para compensar en parte todos esos errores. Algo que a ti te reconforta en las peores noches y que a mi todavía me salva. En cualquier caso tu ya no me buscas y, en justa correspondencia, a mi ya no hay quien me encuentre.

Amar es partir hacia poniente persiguiendo el rastro de un sol que languidece. Un viaje en el que somos felices como gorriones que escapan de su jaula. Y un viaje del que rara vez regresamos con todas las plumas intactas.

Desde niño soy consciente de que amo con la desesperación de los naufragos. Con la misma fe que me arrastra cada noche, cogido por el cuello, ante esta página en blanco.

Todos amamos tan ciegamente alguna vez
intentaríamos besar la boca al diablo
peinar el viento...
(Manolo García, Todos amamos desesperadamente).

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Algún comentario?