miércoles 7 de marzo de 2012

Promesas



Nos encontramos casualmente en la terminal de salidas del aeropuerto de Stansted. Yo había ido a Londres para cubrir para el diario El Comercio de Gijón una semifinal de Champions League entre el Chelsea y el Barcelona que acabaría decidiendo un extraordinario gol de Iniesta casi en el tiempo de descuento.

Habían pasado tantos años que al principio me costó reconocerte, como si para hacerlo tuviera que dirigirme hacia algún remoto lugar del pasado y una vez allí, rebuscar entre los cajones del desván hasta encontrar un viejo rollo de película cargado de imágenes. Imágenes que sólo se revelan con claridad en esos sueños que, de cuando en cuando,  nos despiertan en medio de la noche con la camiseta bañada en sudor y el corazón a punto de desbocarse.

Como siempre, tú te diste cuenta de todo antes que yo. Cuando quise esbozar un intento de saludo tu ya sonreías y agitabas la palma de la mano para llamar mi atención al otro lado de un torrente de viajeros que iban y venían arrastrando su equipaje de mano.

Hubiera sido imposible no verte. Llevabas un un traje negro y estabas tan radiante como siempre. Estuvimos hablando un buen rato de esas cosas que se supone sirven para resumir una vida pero que, contadas a la carrera en el bar de una terminal de aeropuerto parecen sólo un catálogo de sucesos, derrotas, promesas, oportunidades y malentendidos que, de tan repetidos, se atropellan entre sí como niños a la salida del colegio.

Los dos tuvimos la elegancia de no recordar que hubo un tiempo, hace mucho tiempo, en el que yo hice todo tipo de estupideces para conseguir que me prestaras un poco de atención y que poco después tú, en justa correspondencia, acabaste enrollándote con una joven promesa del Sporting juvenil. Un chico con rizos dorados y expresión confianzuda que no se reía con tus chistes pero que, como te oí decir una vez, mientras fumabas a la puerta de una discoteca en Candás "tiene mucho futuro y seguro que llegará a jugar por lo menos en un equipo de segunda".

La joven promesa trabaja ahora como camarero en el bar de la escuela de fútbol de Mareo. Unos años después, un domingo cualquiera -como en la película de Robert de Niro que tanto te gustaba-. un lateral de la Cultural Leonesa que, según supe después, había estado en la cárcel por agredir a su mujer con un sacacorchos, le reventó de una patada alevosa el ligamento cruzado de la rodilla derecha y, a pesar de tres arduas operaciones en Barcelona con el famoso doctor Cugat, seguidas de tres pertinaces intentos de recuperación, la lesión acabó llevándose su carrera por delante.

Tardaste poco en irte: el día en que él regresó de la tercera operación ya no estabas. Le habías dejado una breve carta -escribir nunca fue lo tuyo- explicándole que hacía tiempo que no le veías futuro a lo vuestro y que, dadas las circunstancias, era mejor dejar las cosas así. Es lo que tiene el futuro, que tan pronto se tiene como no se tiene y no hay nada que uno pueda hacer al respecto, salvo olvidarse de todo el asunto y tomar otro camino o, alternativamente, sacar una pistola y pegarse un tiro en el entrecejo en el baño de una estación de autobuses.

Con el tiempo los dos -él y yo- llegamos a ser buenos amigos y un día, con esa solidaridad característica de las madrugadas de algunas borracheras memorables, llegamos a la conclusión de que tú, si tú, con tus hermosos ojos del color de los enigmas irresolubles y ese carácter de rabiosa hija de puta que tanto nos desvelaba, eras la única mujer a la que ambos habíamos prometido amor eterno sin incurrir en una mentira flagrante. Y la única a la que habíamos llegado a amar de verdad.

Pero la vida pasa y todo pasa. Y ahora, cuando pienso en ti, la única imagen que consigo recuperar es la tuya yendo hacia la puerta de embarque de un avión que te lleva lejos, a un lugar que ignoro y que ya no me importa. Al fondo, por encima de tu silueta que se desdibuja en la distancia, un rótulo de colores brillantes del Duty Free del aeropuerto ofrece al viajero la posibilidad de hacer realidad todos sus sueños antes de partir. 

Es curioso, pero hubo un tiempo en que tú nos prometiste eso mismo.




martes 6 de marzo de 2012

Slow hot wind





Esta canción, denominada Lujon (también conocida como "Slow Hot Wind") es una obra maestra de Henry Mancini incluida en la banda sonora de varias películas (entre ellas una de mis favoritas, The Big Lebowski de los hermanos Cohen).

No estoy seguro de que uno pueda llegar a enamorarse de una canción. Lo que sí sé es que, si resultara posible tal cosa, yo estaría enamorado de Lujon.

Desconozco la razón y no ignoro que ésa, como todas nuestras demás preferencias, resulta del todo arbitraria. Sin embargo, hay algo en esos suaves acordes de Mancini (un genio entre genios) que evoca una extraña y  poderosa sensación que me resulta muy difícil de explicar.

Lujon es un viento cálido que pasa lentamente y que al caer la tarde se detiene para acariciar su pelo en cualquier esquina de Madrid. Es la primera mirada y la primera sonrisa que han dejado de ser inocentes. Es el tacto de sus dedos frente al río inmóvil. Es esa cena en la que apenas comes porque no puedes dejar de mirarla y esos labios que en algún momento han comenzado a dejar atrás todos los demás sonidos. Es su risa entremezclándose con la tuya. Son sus tacones altísimos y esas hermosas piernas sin medias que recorren una calle de Londres a tres grados bajo cero. Un taxi con las ventanillas empañadas que se detiene bajo la lluvia. La puerta de la habitación del hotel que se abre por primera vez para los dos y la palma de tu mano en su espalda al entrar. El primer beso, la primera caricia. Las luces de la estación de Atocha que se cuelan por la ventana en el momento en que ella, sin dejar de mirarte, comienza a desnudarse.

Lujon es un escalofrío. El que notas en el preciso instante en que intuyes, sin ser consciente de ello todavía, que te estás enamorando o que acaso ya lo estás. Y el vértigo que sientes después, cuando te abandonas a esa sensación y comienzas a caer, despacio, muy despacio, al vacío; sabiendo que ya no hay ningún punto de retorno posible, que no puedes hacer nada para evitarlo y que en ninguna parte estarás a salvo de la suave corriente que te conduce hacia ella.

No es el amor. No es un estado sólido de la materia. Es la perturbadora sensación de enamorarse.

domingo 4 de marzo de 2012

Rojo y plata




Sucedió en una ocasíon en la que yo me dirigía a Madrid en Talgo -ese talgo rojo y plateado de la foto-. Lo que no recuerdo es a qué iba exactamente. Es probable que acudiera al examen de alguna oposición, pero la verdad es que no lo recuerdo y no tengo ganas de inventármelo en este momento.

El caso es que en Barcelona, dos filas más adelante pero en sentido opuesto, frente a mí, se instaló un orondo caballero de unos sesenta años con ademán de señorito proboscidio y toneladas de mal humor. Subió al tren acompañado por un par de asistentes filipinos a los que se dirigía con modales de tratante de ganado y que luego se bajaron del vagón, bastante atribulados, justo antes de que el tren se pusiera en marcha.

En estos tiempos del glorioso AVE quizás haya gente que no recuerde como era aquel Talgo. Pese a que la marca Talgo ha sido siempre sinónimo de velocidad y prestigio (la gente no decía he ido en tren, sino he ido en Talgo), la velocidad no era precisamente su punto fuerte.

La infraestructura -la vía y la señalización- no debían ser nada del otro mundo, así que el viaje a Madrid duraba algo menos de siete horas que, con frecuencia, eran alguna más. Los ratos en los que el Talgo iba realmente rápido se alternaban con otros de una morosidad lastimosa y, lo peor de todo, con extrañas paradas no programadas y de duración incierta justo en medio de ninguna parte, para que todos pudiésemos contemplar con deleite y tranquilidad los rebaños de ovejas que, en la distancia, triscaban sobre las repeladas laderas de los campos de Castilla. 

Además de esas paradas imprevistas el Talgo se detenía en unos cuantos lugares que sólo podrían calificarse como importantes bajo los efectos del alcohol, de un optimismo desmesurado o de un arrebato de ese irrefrenable localismo tan propio de los españoles, que tienden a considerar de justicia que su pueblo, por muy infinitesimal que sea y por más que esté situado donde Cristo dio las tres voces, tenga un acceso directo a la A7, a la M40 y a la carretera de Valencia (y si Fabra media en el asunto, además, cuente con aeropuerto propio).

Llevaríamos tres o cuatro horas de viaje cuando el caballero del que ya me he referido, que respiraba, por cierto, como si estuviera ascendiendo la cara sur del Everest sin oxígeno, se dirigió a una chica de doce o trece años que viajaba sola (sus padres habían ido a despedirla en Barcelona y se dirigía a pasar unos días con sus abuelos en Madrid) y se sentaba justo enfrente para pedirle, así, sin venir a cuento, que en la próxima parada se bajara y, utilizando el dinero que el mismo le ofrecía en ese momento con su mano extendida, fuera a comprarle el ABC a un quiosco.

La chica dudó un segundo -más desconcertada que otra cosa-. Pero al escuchar la conversación varios pasajeros le explicaron que por nada del mundo debía bajarse del tren ya que, siendo las paradas tan breves, no hacía falta ser un lince para saber que corría el riesgo de perderlo con el consiguiente lío/susto. Además, como era menester, afearon la conducta del individuo que había hecho la delirante proposición. Proposición que, para ser exactos, fue una orden en toda regla, ejecutada con con cordial displicencia de aquellos que están acostumbrado a mandar y, además, a que se les obedezca sin rechistar. 

La cosa no fue a más y no tuvo mayor importancia. Cuando todo pasó me quedé un buen rato observando la cara de aquel extravagante magnate. Era todo un poema. Estaba indignado y rezongaba entre dientes. Por lo que pude entender consideraba inaceptable verse privado de su sacrosanto derecho a leer el ABC. Y consideraba todavía más inaceptable semejante forma de desacato colectivo que sólo era explicable, a su juicio, porque Franco se había muerto hace ya unos años y, en su ausencia, ya no había orden ni concierto en el mundo.

 Aunque él no lo supiera en aquel momento, no volvería a haberlo. Afortunadamente.


PD. El Talgo en el que yo viajaba de Barcelona a Asturias y viceversa en un tiempo record (ejem.) de catorce horas realizaba hasta hace poco paradas igual de surrealistas en poblaciones tan cardinales y sustantivas como Tardienta, que, por lo demás, a mí me sonaba vagamente de los paquetes de harina. Todavía hoy ese tren hace paradas, además de en Barcelona, en Camp de Tarragona, Lleida, Zaragoza, Tudela de Navarra, Castejón, Calahorra, Logroño, Miranda de Ebros, Burgos, Palencia, Sahagún, León, Oviedo y Gijón. 



jueves 1 de marzo de 2012

La vergüenza, ese lastre...




Resulta bastante obvio que, desde un punto de vista lógico, cualquier hecho presupone una causa anterior y, ésta, a su vez, presupone otra, y así hasta el infinito y más allá, como diría Buzz Lightyear.

Ello quiere decir, como insinuó el maestro Borges, que no hay cosa en el mundo, por minúscula e insignificante que sea, que no comprometa y postule todas las demás: todo deriva, en última instancia y sin forzar mucho el argumento, de todo.

En lo cotidiano, sin embargo, negamos esta hipótesis causal y admitimos la realidad del libre albedrío. Por eso el muchacho que llega tarde y algo borracho a una cita con su novia no acostumbra a disculparse (como en buena lógica podría hacerlo) alegando la invasión germánica de Inglaterra en el siglo V o la aniquilación de las tropas cartaginesas a manos de las huestes de Ciro I el persa. Y cuando Mariano encuentra a Rita en la cama con su amigo Manolo tampoco es habitual que aquella justifique sus extravíos sexuales invocando la tercera ley de la termodinámica o las conocidas divergencias de opinión entre los dioses del Olimpo.

Sin embargo y por razones que desconozco, ese extravagante método regresivo, desdeñado en el día a día por el común de los mortales, tiene una excelente acogida entre los responsables de economía del PP, que cautelosamente, hablan de herencias recibidas, de males necesarios, de restricciones presupuestarias, de imposiciones de la unión europea y de la insomne supervisión los mercados financieros internacionales para justificar, ay!, otra nueva vuelta de tuerca.

Todo eso se traduce, sin decirlo pero sin dejar de pensarlo, en una constante voluntad de dar por el culo al funcionario del estado -con buenas palabras y con la mejor de las intenciones, por supuesto-, que es, por cierto, el único de todo el aparato burocrático que no ha sido nombrado a dedo por su condición de pariente o amigo de nadie, su flexibilidad a la hora de hincar la rodilla o sus amplias tragaderas políticas (o fisiológicas).

Pero ya se sabe que el que abomina de la vergüenza no lo hace a tiempo parcial y que una vez que se emprende ese camino el cielo es el único límite. Por eso nadie parece sentirse ni mínimamente turbado al echarnos a nosotros -los funcionarios- la culpa de todo e intentar hacernos purgar por todos los males (los propios y los ajenos, los reales y los imaginarios).

Y si alguien se queja, además de recurrir a la policía nacional para que suministre una somanta de palos a los insumisos, se invoca la herencia recibida o la revolución industrial -lo que sea menester- y ya está, aunque se trate de lugares como Valencia o Murcia, en los que el PP lleva gobernando ininterrumpidamente desde la invasión visigótica de Chindasvinto.

Es lo que tiene dejar atrás la vergüenza: que llega un punto en que, por mucho que se eche la vista atrás, ya ni se la divisa a lo lejos.



miércoles 29 de febrero de 2012

De la vida y los tiovivos


Yo tengo una visión racional de la vida. Creo que gran parte de las cosas que nos ocurren suceden por alguna causa y me interesa rastrear cuál es esa en cada caso, desechando las explicaciones triviales, la superchería, los tópicos y los lugares comunes, la religión y otras formas de pseudopensamiento que empobrecen al ser humano porque le apartan del camino de la verdad. Y nunca hay una alternativa a la verdad que no acabe siendo más bien triste.

Naturalmente ello no significa que descrea del azar. El azar cuenta y mucho en cualquier sistema complejo y hay pocas cosas más complejas que nuestra vida. A veces estamos en el lugar adecuado en el momento oportuno y otras tantas parece que la suerte se empeña en darnos la espalda con auténtica inquina. Esas cosas ocurren sin más explicación y el delantero centro de cualquier equipo de fútbol lo sabe: a veces el balón entra dándole de rebote hasta con el culo y otras, en cambio, parece que tiene vida propia y no hay quien acierte a gobernarlo.

Racionalidad... azar... y sentimientos. Ser racional no significa que descrea de la dimensión espiritual del ser humano: la tierra gira alrededor del sol y eso nadie en sus cabales lo pone en duda, pero no es menos cierto que bajo la sugestión del amor (o de otros estupefacientes) todos los planetas parecen girar alrededor del objeto de nuestro amor. Son, sencillamente, cosas diferentes que responden a leyes distintas (aunque hasta el amor sea una respuesta genético-evolutiva descriptible en aburridos términos científicos).

La ciencia y la técnica sirven para construir puentes, automóviles, antihistamínicos, televisiones, catéteres para las operaciones de cirugía cardiaca y otros cuantos millones de cosas que han hecho nuestra vida mejor. El problema -si es que lo hay- es que, bajo esos dos centímetros de racionalidad, no somos más que los viejos seres emocionales de siempre y, aunque nuestras condiciones (y por tanto nuestras expectativas) de vida han mejorado de forma asombrosa en los últimos dos siglos, continuamos siendo, pese a todo, bastante infelices.

Sostengo que esa propensión a la infelicidad no es congénita sino aprendida: insuflamos tanto miedo en nuestros hijos y les hacemos crecer tan faltos de una auténtica educación sentimental que acaban siendo pequeñas máquinas que disfrutan de todo y no gozan de nada. Sonrosados artefactos tristes que ansían poseer más y más cosas, van al colegio, celebran fiestas de cumpleaños en el Indiana Bill y siempre a velocidad de vértigo, van de las clases de inglés a las de patinaje y de ahí a saber qué otra cosa que se le haya ocurrido a su progenitor más inquieto (y a menudo más inquietante).

Hay una pequeño tiovivo infantil situada al final de la avenida Blondel. La familia que lo regenta se pasa horas y horas poniendo música a todo trapo, hasta el punto de que los domingos por la tarde ese carrusel, con sus luces estroboscópicas y su infernal música de cumbia y bachata es lo único que parece gozar de vida en la casi siempre aburrida ciudad de Lleida.

Subida en un pato amarillo gigante una niña chiquitina, quizás de etnia gitana, gira y gira una y otra vez en el tiovivo. Es la hija del empleado o acaso del dueño. Supongo que la utilizan como reclamo para que los niños del parque infantil de al lado animen a sus padres a gastarse unos cuantos euros en estos tiempos difíciles en los que nadie habla de otra cosa que no sea la crisis.

El otro día estuve un buen rato fijándome en algo curioso. Los niños del parque, en general de buena familia y vestidos de domingo, tienen, salvo honrosas excepciones, una expresión adusta, como si hubieran perdido algo o algo no acabara de encajar en su pequeño mapa mental del universo. En cambio la pequeñina gira y gira en la noria siempre sonriente, como si el mundo fuera una sucesión de luces amarillas y carritos con forma de pato que dan vueltas sin parar mientras el viento le golpea suavemente en la cara.

No debe ser fácil ser feliz en una familia que regenta una noria ambulante. Pero, por alguna extraña razón, parece todavía más difícil serlo en una pareja de médicos, funcionarios, profesores o empleados de banca.

Hay algo que no estamos haciendo bien y no sé exactamente qué es.

En la indigencia
del garfio y la pata de palo
Y si la vida es un sueño
como dijo algún navegante atribulado
Prefiero el trapecio
para verlas venir en movimiento.
(Manolo García)

lunes 27 de febrero de 2012

Jiménez Losantos



Uno de los fenómenos más curiosos de la naturaleza es que es perfectamente posible que exista una total divergencia entre lo que uno es en realidad y lo que uno mismo cree ser.

Yo tenía un perrillo de unos treinta centímetros y cuarto y mitad de quilo de peso, por lo común la mar de apacible, que, en cuanto se adentraba en un parque público se transmutaba en una mala bestia capaz de desafiar a perros que, de habérselo propuesto o casi sin proponérselo, hubieran sido capaces de tragárselo enterito sin masticar.

Pero él, que debía ser un inconsciente o un optimista leibniziano, no lo sé muy bien, en cuanto yo me descuidaba en la contemplación de alguna chica más guapa de lo normal, emprendía una desaforada persecución de cualquier chucho que hubiera por los alrededores, ladrándo con descaro a los cuatro vientos y, si yo no aparecía a tiempo de impedirlo, intentando morderle el rabo con grave riesgo de su propia integridad física.

Al final del espectáculo, cuando, a base de tirones y más tirones, riñas y amonestaciones verbales conseguía sacarlo del parque, el me miraba todo ufano, casi sonriente, con el aire orgulloso del que acaba de contemplar la muerte cara a cara y regresa indemne y meneando el rabo para contarlo.

Mi perrillo, que por cierto era bastante feo, me recuerda mucho a Federico Jiménez Losantos. No en lo que se refiere al aspecto físico -mi perro, siendo muy feo, era bastante más guapo que Federico- sino en la capacidad que ambos comparten para poner, cuando les parece oportuno, la realidad al servicio de sus ensoñaciones personales.

Federico se percibe a si mismo como un liberal, como un azote de políticos corruptos, como un genio impar dotado de verdadero talento, como un poeta capaz de componer haikus y epigramas satíricos. Un fino analista que se eleva por encima de las mediocridades del discurso político al uso, un líder, un referente, un creador de opinión, un sagaz observador de la realidad.

Alguien debería explicarle que, en realidad, encarna una figura más vieja que el orgasmo fingido: la del agitador que remueve las bajas pasiones del populacho con soflamas demagógicas. Para ilustrar hasta que punto es así tomaremos un ejemplo de hoy mismo, que resume su opinión sobre la sentencia absolutoria de Baltasar Garzón en el asunto de la memoria histórica:

"Como en el caso de la extorsión a bancos y empresas que debían pasar por su banquillo, Garzón se ha beneficiado de la voluntad corporativista de sus colegas y ha sido absuelto de unas de las fechorías más grotescas de su ya finiquitada carrera (...) No ha estado mal la retribución del colegueo: dos absoluciones en dos casos en los que era tan culpable como el ajo del mal aliento y el alcohol de garrafón de la resaca matinal".

¿Cuál fue, en cambio, su reacción cuando el mismo Supremo condenó a Garzón por prevaricación en el caso de las escuchas de Gurtel?

"Por fin hombre! ¿7 justos? Es que los ha obligado. Lo fundamental del caso Garzón. En los países que tenemos la tradición del derecho romano, la ley está por encima de todos, de todos los poderosos y de todos los jueces (...) a Garzón le daba igual una ley que otra.

A ver si nos aclaramos: cuando le condenan lo hacen porque no tienen más remedio que hacerlo -la ley les obligaba a hacerlo- y, cuando le absuelven, lo hacen porque lo impone el corporativismo y el colegueo jurisdiccional.

Federico, amigo, el azar o un ingrato destino me han colocado justo en este lugar que ocupo ahora mismo para recordarte que no eres y no serás nunca, por mucho que te esfuerces, nada más que el último representante de la carcundia carpetovetónica de toda la vida, con su faltonismo de opereta, sus pequeños tics fascistoides y megalomaniacos, su visión cerril y sesgada de la realidad y una peculiar ética periodística que disuelve cualquier atisbo de realidad en un marasmo de interpretaciones alucinógenas, juicios de valor de vuelo rasante y, de tarde en tarde, torrentes de insultos que propenden a la injuria (con mención especial para los bellos epítetos dedicados en su día a su feroz enemigo Ruíz Gallardón, que le costaron una condena judicial).

Por suerte o por desgracia Federico no llegará a ser consciente de nada de esto: cuando se mira el espejo éste sólo le devuelve la imagen de un adalid de la patria, un ilustrado regeneracionista, un prohombre, un primus inter-pares consagrado al azote de la bazofia progresista que amenaza la sagrada unidad nacional, siempre en grave riesgo de ser mancillada por terroristas, izquierdistas y perroflautistas.

Con todo, siendo plausible la hipótesis de la inconsciencia y de la falta de perspectiva que acabo de apuntar, ¿Qué ocurriría si en el fondo no es así? ¿Y si el espejo, pese a tantos artículos y tantas horas de radio, tantos libros y tantos aplausos, no acaba de doblegarse y, de tarde en tarde, en vigilia o al borde del sueño, le ofrece una imagen de sí mismo que le resulta insoportable?

¿Será precisamente esa y no otra la fuente de la que mana tanto odio y tanta víscera?

Liga española



LIGA ESPAÑOLA DE FÚTBOL: surrealista competición deportiva en la que ocurren fenómenos paranormales tales como que Pepe (the murderer) y Messi (el que recibe patadas hasta en la boca) cumplan su primer ciclo de sanción el próximo domingo por haber recibido las MISMAS tarjetas amarillas (5) en lo que va de torneo. 

Alguien a quien respeto

Deja su cargo, al concluir su "mandato", Milagros Pérez Oliva, defensora del lector del diario El País. Lo anunciaba ayer domingo 26 de febrero en su última columna titulada "Adiós y mucha suerte". 

He seguido de cerca su actividad como defensora del lector y he de decir que me ha parecido siempre un prodigio de mesura, inteligencia e integridad -tres virtudes infrecuentes por separado y que contadas personas poseen en combinación-.

Destaco algunas ideas de su artículo de ayer que me parecen todo un faro en medio de la creciente oscuridad que se cierne sobre nosotros. Unas palabras que deberían estudiarse, no ya en las facultades de periodismo, sino en todos los colegios de nuestro maltrecho país:

"Quiero hablarles de la verdad. Una visión cínica del periodismo sostiene que la verdad no existe. Que puede haber tantas verdades como interpretaciones de la realidad. Este planteamiento es una gran trampa (...) Porque la verdad en el periodismo existe. Al menos existe la verdad de los hechos, la verdad factual. Aquello que es cierto y es comprobable.

La verdad no es un compromiso entre sus diferentes versiones (...) Porque la falsa neutralidad del periodismo de versiones otorga las mismas oportunidades a quien dice la verdad que a quien miente (...) Piensen en todos esos imputados por corrupción que se presentan como víctimas de una persecución política. Piensen en esos sindicalistas presentados como expoliadores, mientras los expoliadores aparecen como brillantes gestores

Lo peor que puede pasar es que la ciudadanía crea que la única forma que tiene de hacerse con la verdad sea leer diversos medios de signo diferente. Porque la versión promedio no tiene que coincidir con la realidad".

Y citando a Harry Frankfurt, añade: "Una sociedad que de forma imprudente y obstinada se muestra negligente ante la verdad está abocada a la decadencia. Las civilización nunca han podido prosperar ni podrán hacerlo sin cantidades ingentes de información fiable sobre los hechos".

Todo un alegato, en suma, contra el relativismo periodístico y contra el periodismo de opereta de tantos y tantos sujetos vociferantes (Federico Jiménez Losantos y todo el surrealista plantel de Intereconomía, por citar dos ejemplos) que utilizan sus peculiares interpretaciones de la realidad como herramienta para exaltar a sus, por otra parte, fácilmente exaltables huestes de seguidores, siempre ávidas de que alguien les diga lo que tienen que pensar (en especial, si coincide con aquello que siempre han pensado).

Muchas gracias Milagros. Y mucha suerte.

PD. Juzgo de especial interés también el artículo de ayer de Javier Marías (Bailando encima de las mesas) en el suplemento El País Semanal, en el que relata el paradójico proceso de amor-odio que la derecha española ha experimentado a lo largo de los últimos años con Baltasar Garzón. Cito, en particular, el último párrafo:

"Una de las cosas raras que pasan es que, si bien no todo el PP es de extrema derecha ni franquista, casi todos los individuos de extrema derecha o franquistas están en el PP o votan por él. Por el partido -no sé si se acuerdan- que nos gobierna y nos va a gobernar largo tiempo, y con mayoría absoluta además".




sábado 25 de febrero de 2012

¿Qué pasa en Valencia?

No suelo colgar vídeos de youtube -salvo los musicales-. Pero hay cosas que claman al cielo y cuya visión nos ofrece una idea exacta de la catadura moral de algunos individuos que nos gobiernan:



Mención especial para ese incalificable del PP que, con tanta sutileza, se dedica al reciclaje de papel y que dice venir reñido -mal reñido, por lo que parece- de casa. Y para la presidenta de la comisión parlamentaria, que, en lugar de censurar el cerril comportamiento de su correligionario, amonesta a la diputada interviniente, ejecutando una forma de justicia que se está poniendo muy de moda y que consiste en atacar al que protesta, aunque lo haga con más razón que un santo.

Me costaría un esfuerzo enorme determinar con precisión cual de los dos me parece más maleducado e infantil. Por eso y para que no se sientan discriminados, les envío a los dos el más equitativo y ponderado de mis desprecios.

PD. Los votantes valencianos ¿son también así? ¿no tienen nada en la cabeza? ¿En que piensan cuando depositan su voto en la urna? ¿Está ocurriendo en Valencia algún fenómeno paranormal que tiene abducidos a los ciudadanos normales?

PD2. Me encantaría que este individuo se personara en Lleida y se pusiera a partir papelitos en próxima junta de la comunidad de propietarios. Sería todo un placer insuflarle por vía facial un par de conceptos -respeto y educación- sobre cuya importancia, según parece, sus padres no le informaron de pequeño.


Carreteras secundarias



Me gusta viajar por carreteras secundarias, más cerca del paisaje, entre álamos amarillos que se levantan sobre la tierra mojada. Dejar atrás las autopistas permite adentrarse en lugares que sólo existen en los almanaques y es, también, una forma de afirmar que nos sobra el tiempo para callejear por los vericuetos de nosotros mismos.

Ayer ella me vio por televisión. Vino a verme y me dijo que hubiera preferido no encontrarme. Erizando el dedo como un mástil repetía una y otra vez que no voy a cambiar nunca y que así me va. Yo, sin decir nada, la miraba como se mira al mar o al infinito. Ojala hubiera una forma de corregir esa distancia y de explicarle todo aquello que nunca hemos compartido.

Hay ceses en mi Ministerio. Escucho rumores de luces encendidas y una turbia silueta pasa frente a mi con los ojos de un gato que acaba de recordar que la vida tiene pétalos y, a ratos, también espinas. Nadie dice nada y yo, sentado frente a la ventana, comparto la jubilosa llegada de la tarde.

Todos los sueños se corrompen en el cuchillo de la luz cuando amanece. Todo -la cobardía, el sueño, la nostalgia- se desdibuja en un murmullo. Al amanecer todos somos prisioneros en una ciudad sitiada, habitantes de un país inhóspito que nadie se ha atrevido a fundar.

He vivido entre libros y ataques de asma, entre lecciones de latín y geografía, en autobuses con siglos de retraso y bares de estaciones que no caben en los poemas. La fábula tiene hoy otros personajes: hipotecas, melancolía, algunos fracasos no necesariamente menores y la sensación de que, pese a todo, no ha llegado el momento de darme por vencido.

Sueño siempre con sus ojos de nieve y jazmín, que me miran extrañamente abiertos en un largo pasillo de viajeros que dormitan en penumbra.


Hay un cielo ahí fuera
con sus planetas visibles colgando
Hay un mundo visible
con un decorado de feria
y una montaña de vidas
que con respirar ya se conformarían
y el toro negro de Osborne
recortado sobre el horizonte.

Manolo García (Por respirar)

Borrell tiene razón



El exministro del PSOE José Borrell lamentaba ayer que los Gobiernos socialistas no hubieran sido capaces de llevar a cabo algunas de las reformas que ha puesto en marcha el ejecutivo de Mariano Rajoy, como la reducción de sueldo de los directivos de entidades bancarias que reciben ayudas públicas o la dación en pago. “Desgraciadamente" ha tenido que ser un Gobierno del PP el que haya "limitado el sueldo de los banqueros", señaló el ex-candidato socialista.
El argumento de Borrell ratifica algo que sostengo hace tiempo: el PP hace cosas discutibles -con frecuencia auténticas sandeces oportunistas- pero las hace.

El PSOE, en cambio, es pura inacción:  un conjunto de individuos que se llenan la boca hablando de progreso e igualdad, pero cuya única actividad empíricamente observable parece ser mantenerse en el poder a toda costa,  evitando, para conseguirlo, cualquier medida que juzguen impopular, que resulte polémica o que pueda atraer demasiada atención por parte de la opinión pública -ya se sabe que el que se mueve no sale en la foto-.

Las raíces de este fenómeno son hondas y plurales: procesos de selección en los que prima el amiguismo y la adscripción grupal o territorial sobre la competencia profesional, una cultura del consenso-pacto que suplanta o ralentiza la toma de decisiones y, en particular, una dejación moral e ideológica que empieza olvidando lo que significaba ser socialista (esa pasión por la igualdad de oportunidades, en palabras del propio Borrell) y acaba confundiendo gestión con supervivencia, chalaneo y tacticismo.

Lo peor es que no me parece que el PSOE sea consciente del problema y así, sin diagnóstico, la cura resulta improbable.

Rubalcaba aspira ahora a ser la imagen especular de Rajoy, en la idea que la que la misma crisis que devoró al PSOE vaya erosionando al PP. Seguramente si espera lo suficiente acabará por conseguirlo, pero para reencontrar el voto del electorado de izquierdas necesitará mucho más: recuperar, para empezar, una voluntad radical (sí, radical) de transformación social que siempre ha sido patrimonio de la izquierda y que exige levantar ampollas, pisar callos y meterse en charcos. Tomar decisiones, hacer cosas que mejoren la vida de los ciudadanos, defender a los más débiles, impedir los abusos de los poderosos y velar por el interés de todos.

Para esa tarea sobran, no hace falta decirlo, Leires Pajines, Pepiños Blancos y otros indocumentados de variopinto pelaje. Pero eso, siendo importante, no lo es tanto como recuperar el norte: saber a dónde queremos ir y qué tenemos que hacer para seguir ese camino.

No es, en efecto, cuestión de personas. Se trata de ideas: de tenerlas y de sostenerlas sin enmendarlas todo el rato. Y, de entre todas esas ideas, se trata también de rescatar una que, siendo fundamental, los socialistas parecen haber olvidado: la política no es una herramienta para alcanzar y mantener el poder, sino el instrumento a través del cual se hacen valer las ideas que un día nos hicieron dignos de llamarnos socialistas.

Borrell tiene razón. Y es probable que nunca haya dejado de tenerla.

PD. Siempre he apreciado la capacidad para expresar lo que uno piensa por encima de conveniencias, oportunidades, prejuicios, clamores de las masas, lugares comunes, trivialidades y convenciones sociales. Los que así lo hacen se granjean a buen seguro algún que otro enemigo y quedan bastante a la intemperie -la soledad del francotirador-, pero intuyo que ahorran bastante en psiquiatras, viagra y omeoprazol.

jueves 23 de febrero de 2012

La gueta

El turruxón de Prendes

Yo hablo asturiano. O bable. La nomenclatura no importa. Lo que sí importa es que hay un vasto número de cosas, sentimientos e ideas que sólo puedo expresar en esa lengua, porque no tienen traducción exacta en ninguna otra que yo conozca o porque, aunque llegaran a tenerla, no hay fuerza en la naturaleza capaz de convencerme de que en realidad significan lo mismo. 

Yo no voy a buscar castañas: voy a la gueta. Ir a la gueta es una actitud mental, un proceso exacto y una ruta en la cartografía de mi memoria que incluye una cesta de mimbre (hecha con les blimes que crecíen junto al riu) y el sonido de los oricios repletos de castañas que se resisten a abrirse bajo el peso de mis botas.

De niño comía nisos na nisal que podaba mi güelu. Nadie ignora que ese güelu es el mismo abuelo de Garci, pero esa obviedad no es tal en realidad: mi güelu no era mi abuelo y no lo será nunca. Era mi güelu y mi güela era mi güela, porque cuando lo digo en asturiano veo su rostro, percibo su olor y noto su mano acariciando mi cara.

Podría seguir enunciando ejemplos casi indefinidamente (la palabra prestoso/a, que, por ejemplo, para mi sólo tiene equivalente aproximado en el inglés cool). La tarea sería, no lo lo ignoro, vana: intentar explicarle esto a alguien que sólo ha mamado una lengua resulta tan productivo como impartir clases de metereología a quienes nunca ha asomado la cabeza fuera de una nevera.


PD. En otoño (na seronda) en Asturias las rachas de viento caliente y seco que sopla del sudeste barren el valle del Nalón, arrancan árboles en la rasa costera y lo más importante, hacen caer las últimas manzanas y castañas que aún quedan en el árbol. Otros países tienen nombres elegantes para sus vientos calientes del sur: los italianos lo llaman Scirocco, los franceses Mistral y los alemanes Fön. Nosotros lo llamamos por su nombre: el vientu les castañes o el vientu la gueta.

En esas tardes de otoño los neños van a pañar castañas por los castañeos y les "caleyes", para asarlas en el horno o sobre la chapa de la cocina y cenarlas con un vaso de sidra dulce. 


Muerte n´olvidu 

Yo se que existo
porque tú me asemeyes
Soy altu porque tú me crees
altu y llimpiu porque tu me mires
con buenos gueyos
con la mirá llimpia.
El tú pensamientu fame intellixente,
y en tó sencilla ternura, yo só tamién
sencillu y bondadosu.
Pero si tú me olvides
morriré sin que naide lo sepa. Veran viva
la mio carne, pero sera otru hombre, oscuru
torpe, malu, el que la habita....

Asperu mundu
Ángel González


miércoles 22 de febrero de 2012

Todos amamos desesperadamente


Me prometió que nunca moriría de amor por mí. Yo le prometí, a cambio, que tampoco lo haría por ella. En los tiempos que corren ese amor exento de heroísmo no me pareció un mal trato. Y no lo era.

Es difícil hacer un poema de amor entre sonrisas, con un montón de dinero en los bolsillos y toda la tarde del viernes por delante. El domingo por la tarde, después de un fin de semana perdido, ya es otra cosa.

Ella me gustaba mucho, así que me comporté toda la noche como una fiera encantadora y dije cosas estupendas de las que resulté ileso de milagro: podría haberme muerto de un ataque de inteligencia en cualquier momento. Yo mismo me hubiera aplaudido si hubiera sabido cómo hacerlo sin que nadie se diera cuenta.

En cuanto me miró supo, no se cómo, que existía en lo más hondo una habitación a la que no había subido nadie, un lugar en el que siempre es de noche. Un cuarto oscuro agazapado en una casa vacía.

Cuando ella entraba en una habitación, con aquella levedad inaprehensible y su perfecto exoesqueleto de flor blanca desplegado al viento, todos la amábamos desesperadamente, como una verbena de peces entusiastas. Luego fuimos descubriendo que para redimir ese pecado no siempre alcanzaba una vida. 

Los más inteligentes apenas saben un par de cosas acerca del amor que los demás ignoramos. Cosas que nosotros, tan febriles y exaltados, comenzaremos a sospechar justo cuando sea demasiado tarde y nada tenga ya remedio.

Yo me dedicaba a recoger sus pedazos y, a cambio, ella comía y bebía de mi sangre en una alianza vieja y eterna que tenía el amargo sabor del lorazepam. Nunca supe cuando empezaron las cosas a ir tan mal y cuando empezó a hacer tanto frío en todas partes.

La casa estaba llena de gente y justo en medio estabas tú, ocupando el centro mismo del universo, llenando el mundo con tu sonrisa. Pensé que podría tomarte de la mano y detener el tiempo en los bolsillos de mi americana. Sucedió hace mucho tiempo, pero incluso entonces esta noche solitaria ya estaba escrita.

Estoy casi seguro de que hice algo por ti, pero no lo recuerdo. Algo inocente o práctico, generoso o casi noble. Algo para compensar en parte todos esos errores. Algo que a ti te reconforta en las peores noches y que a mi todavía me salva. En cualquier caso tu ya no me buscas y, en justa correspondencia, a mi ya no hay quien me encuentre.

Amar es partir hacia poniente persiguiendo el rastro de un sol que languidece. Un viaje en el que somos felices como gorriones que escapan de su jaula. Y un viaje del que rara vez regresamos con todas las plumas intactas.

Desde niño soy consciente de que amo con la desesperación de los naufragos. Con la misma fe que me arrastra cada noche, cogido por el cuello, ante esta página en blanco.

Todos amamos tan ciegamente alguna vez
intentaríamos besar la boca al diablo
peinar el viento...
(Manolo García, Todos amamos desesperadamente).

lunes 20 de febrero de 2012

Sombras


Esto que voy a contar no es broma ni ficción. Podría serlo, pero no lo es en absoluto.

Cada noche, cuando me siento a escribir, a eso de la una de la mañana, veo una sombra gris en la terraza que, pese a su considerable tamaño, que excede bastante el de una  persona de complexión normal, se mueve con  rapidez de izquierda a derecha hasta quedar fuera de alcance de mis ojos.

No la veo directamente, sinó a través de su reflejo en el espejo del salón que tengo frente a mí.  La escena dura unos dos o tres segundos y se repite siempre con pequeñas variaciones de posición y velocidad.

Hace meses que sucede. Al principio me parecía extraño -en la terraza de un tercer piso a esa hora de la noche no hay nada y no puede haber nada- pero luego, a fuerza de verla, he acabado por acostumbrarme y, aunque sé que debe sonar bastante raro, ni siquiera me siento incómodo cuando ocurre.

Esta noche ha vuelto ha suceder. Pero ha ocurrido algo distinto.

Yo había apagado la televisión y escuchaba una canción en el MP3 (Barefoot Blue Jean Night, de Jake Owen). Cuando la canción acabó levanté los ojos y volví a ver la sombra pero, esta vez no se movía, me miraba fijamente y emitía un sonido.

Al principio era casi imperceptible. Pensé que era el viento, pero no había viento.

Era un sonido suave, ululante. Un sonido que nada de este mundo produce o que, al menos, no produce nada de este mundo que yo conozca.

Lo estuve escuchando un buen rato. O al menos eso me pareció. Entonces, la sombra se desvaneció y el ruido cesó de repente.

Acabo de mirar el reloj y es la una y veinte de la mañana.

He vuelto a encender la tele.


domingo 19 de febrero de 2012

Huir... volver

Richard Ford


Wakefield es un personaje de Nathaniel Hawthorne. Se trata de un hombre cualquiera (es decir, de uno de nosotros) que, un buen día, sin motivo aparente, decide abandonar su casa y su familia. Contra lo que suele ser habitual en estos casos, en lugar de marcharse bien lejos se traslada a una calle próxima y, desde allí, durante veinte años, se dedica a observar a su "viuda" y a contemplar como transcurre, sin él, la vida que podía haber sido suya.

Para atenernos a los hechos, Wakefield no pretende escapar, pero, en un  prolongado ejercicio de procrastinación, va posponiendo su regreso a una casa  a la que, por alguna razón indefinible, no se siente capaz de volver.

El relato de Hawthorne anticipa un motivo literario -el abandono del hogar familiar- cuyo rastro nos llevará, muchas décadas después, hasta la tetralogía protagonizada por el Harry "Conejo" Armstrong de John Updike. Antigua estrella del baloncesto juvenil, Harry vive en un aburrido pueblo (que podría ser Lleida), está casado con Janice, embarazada y aficionada al alcohol, tiene un hijo llamado Nelson y trabaja como vendedor de un pelapatatas de cocina; hasta que un día se echa a la carretera dejándolo todo atrás.

Existen -que yo sepa- tres personajes análogos en la literatura norteamericana: Holden Cauldfield, de Salinger, Augie March de Saul Bellow y Frank Bascombe de Richard Ford. 


Me gustaría explicar detenidamente las similitudes y diferencias que existen, a mi juicio, entre ese puñado de soñadores sin rumbo, sensibles y evasivos que, en cierta forma, condensan el vacío existencial del hombre contemporáneo -esa sensación de domingo por la tarde-, su inmadurez y, de eso estoy seguro, ese miedo a que la vida vaya pasando y sea realmente sólo eso que tenemos ante nuestros ojos y nada más.


Con todo, en lugar de acometer ahora ese asunto que, amén de muy prolijo, sería capaz de provocar el sopor incluso de los más contumaces insomnes, voy a utilizar como portavoz al propio Frank Bascombe para condensar, en pocas palabras, el meollo del asunto:

"Durante estos doce años, mi vida no ha estado nada mal y en muchos aspectos ha estado muy bien. Cuando más viejo me hago, más me asusta todo y más claro veo que te pueden pasar, y de hecho te pasan, cosas malas. Pero la verdad es que no me preocupa ni me quita el sueño. Todavía creo en la posibilidad de la pasión y la aventura amorosa."

"En la vida no hay nada trascendental. Las cosas siempre vienen y se van, y eso es la ley de la vida. Todo lo demás es una mentira de la literatura..."

"Lo que todos queremos en realidad es llegar a ese punto en el que el pasado ya no nos diga nada acerca de nosotros mismos y podamos seguir adelante..."


Intuyo que estas huidas -imprescindibles en ocasiones- son baldías las más de las veces. No por un reproche moral, que resultaría bastante estúpido si tenemos en cuenta que, en el fondo, lo ignoramos todo sobre los móviles profundos de la propia conducta (y no digamos ya de la ajena), sino por razones de índole práctica: nadie escapa del pasado porque es precisamente nuestra nostalgia y nuestro deseo de eludirlo lo que nos hace regresar a él. 


Al final, como escribió mi homónimo Alfredo Le Pera -letrista del tango Volver, que resonará para siempre en la inmarcesible voz de Gardel-: 


Pero el viajero que huye
tarde o temprano detiene su andar...
Y aunque el olvido, que todo destruye,
haya matado mi vieja ilusión,
guardo escondida una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazón.



PD. Esta noche, nada más acostarme me acordé de otro escapista: Willy Loman, el protagonista de Muerte de un Viajante. En el libro de Arthur Miller la única forma que Loman encuentra de poner todo en orden (en orden existencial, quiero decir) es escapar. Suicidándose, eso si. 

sábado 18 de febrero de 2012

Cuatro maestros


Las citas me dan bastante grima. Siempre he pensado que son miserables invocaciones de una autoridad de la que uno mismo carece. Por eso las tesis doctorales están plagadas de citas: para ocultar la mediocridad y la repetición tras un bosque plagado de prestigiosas referencias.

Si cito ahora a estos cuatro autores es por un prejuicio de índole formal que asumo como tal: no me encanta necesariamente lo que dicen, pero adoro la forma en la que lo hacen.

Conviene recordar que escribir no es argumentar. No se trata de tener razón, ni de engarzar un discurso coherente y, mucho menos todavía, de revelar ninguna verdad, porque toda verdad es relativa y, además, cuando nos convertimos en moralistas tendemos a dar bastante asco-pena.

Se trata solo -y acaso no hay tarea más ardua- de conseguir una emoción primigénia y, más que de ninguna otra cosa, de no aburrir al prójimo, que bastante tiene con lo suyo como para aburrirse leyendo las bobadas que escriben los amigos.


Allá vamos:


"Hay ciertas extrañas ocasiones y coyunturas en este raro asunto entremezclado que llamamos vida, en que uno toma al universo entero por una enorme broma pesada, aunque no llega a discernir su gracia sino vagamente, y tiene algo más que sospechas de que la broma no es sino a expensas de él mismo"

Herman Melville (Moby Dick)


"Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un solo día en el que no estemos, por un instante, en el paraíso".

Jorge Luis Borges


"Doy vuelta a las frases. Ésa es mi vida. Escribo una frase y luego le doy la vuelta. Después la contemplo y le doy otra vez la vuelta. Luego voy a comer. Después me instalo de nuevo y escribo otra frase. Luego tomo el té y le doy la vuelta a la nueva frase. Luego releo las dos frases y les doy la vuelta a ambas. Después me acuesto en mi sofá y pienso. Luego me levanto y las tiro a la papelera y empiezo desde el principio otra vez. Y si me aparto aunque sea sólo durante un día entero de esta rutina, me siento frenético de aburrimiento y de una sensación de estar desperdiciando el tiempo."

Philip Roth


"Un hecho triste, claro, de la vida de los adultos es que uno ve cosas a las que nunca se adaptará que le apuntan desde el horizonte. Uno las ve como los problemas que son, uno de preocupa tremendamente por ellas, hace previsiones, toma precauciones, realiza ajustes; se dice a sí mismo que cambiará el modo en que hace las cosas. Pero no lo hace. No puede. En cierto modo, ya es demasiado tarde. Y así se desarrolla nuestra vida antes de que nos demos cuenta de ello. Y se nos escapa. Ya lo dijo el poeta:”El modo como se nos escapan nuestras vidas es la vida.”

Richard Ford

viernes 17 de febrero de 2012

Credulidad y picores


Ayer, mientras yo me encontraba en casita noqueado por la migraña y sepultado por un aluvión de analgésicos, mi jefa recibió un correo de una tal Katya que, al parecer, busca hombre para una relación seria (como me aprecia y sabe que me sobra el dinero me lo ha reenviado por si me interesa).

Se trata, en efecto, de la vieja estafa (más antigua que el ZX Spectrum) del pibón ruso que te tira los tejos y, tras unas semanas de marear la perdiz, acaba pidiéndote que le envíes 500 euros para venir a visitarte, sacarse el visado, extirparle las meninges a su abuela o hacer que la Soyutz 8 aterrice en Alcafrán con ella dentro en bañador.

La cosa no tiene mayor interés salvo por lo que toca a la sorprendente credulidad de las muchas víctimas de esta estafa (tan extendida que cuentan incluso con varios foros en Internet en los que comparten experiencias y desilusiones).

Analizando un poco el asunto -que es carne de psicología social-, se me ocurre, así a botepronto, que el hecho de que, en pleno siglo XXI, un apicultor de Zamora o un ingeniero del SOIVRE de Barcelona crean a pies juntillas que una rusa de 1,77 y cuerpo de modelo se ha enamorado de ellos demuestra, en realidad, dos cosas:

a) Un candor inagotable, que sólo se explica por que el ardor genital generado por la tal Katya y sus correligionarias nubla el entendimiento, de forma que uno pasa de pensar de vez en cuando con el bajo vientre a poner directamente a los genitales al mando de todas las operaciones.

b) Que en el fondo estamos todos más "in the mood for love" (tomando prestado el título de la formidable película de Wong Kar-Wai) de lo que nos atrevemos a reconocer (usen el diccionario, que tampoco cuesta tanto y se me están echando a perder con tanta molicie).

Rastreando por Internet he encontrado un documento que juzgo ilustrativo y que reproduzco tal cual (únicamente he eliminado algunos -no todos- errores ortográficos ofensivos para la vista):

"Llevo escribiéndome hace un mes a diario con una chica Rusa llamada Katya. Inicialmente únicamente era por una amistad, pero a medida que pasaron los días, comenzaron a salir sentimientos. Me ha explicado su vida, me ha dado su dirección en Rusia, su trabajo, incluso me llama cada día por la tarde y hablamos de nuestras cosas.

Actualmente tiene planificadas vacaciones para este 2 de diciembre hasta el 20 del mismo mes. Me comenta que ha ido a Moscú, la única ciudad que existe consulado Español. Ella comenta que esta utilizando todos sus ahorros, pero por lo gastos de tramitación de visado, viaje y manutención en Moscú hasta recibir el visado, le ha supuesto mas de lo esperado. Ahora ella me pide colaboración, en torno a los 400€, ya que es el precio aproximado del billete.

Es evidente que tengo incertidumbres, ya que solo recibir esta noticia me informe en Internet; seguidamente le envié un correo con esta información escaneada...se quedo perpleja. Aun así ella me comento que era sincera conmigo, y que por 400€ no valía la pena estafarme, ya que tenia muchos sentimientos hacia mi, o sea, que le molesto que mal pensara. También me dijo que había mafias dedicadas a estas estafas, pero para importes muy superiores, y agradecería que no la incluyera a ella. Continuamente me manda fotografías, dulces comentarios y unas ganas imperiosas de conocernos.

A fecha de hoy esta en Moscú, y me ha pedido que via Western Union, le envié este dinero, pero no a su monbre, ya que su pasaporte, actualmente esta en la embajada, por lo que no se podría identificar correctamente para recoger el dinero. Los datos de la beneficiaria, dice que es su tía que vive cerca de Moscú. A ver quien me puede dar alguna opinión.

La verdad es que me he echo ilusiones, 32 días de relación diaria, con unos contenidos llenos de sensibilidad y ternura, fotografías continuas, llamadas a diario..... "

PD. La chica de la foto es, en efecto, Katya tal y como aparece en las fotos recibidas por sus victimarios. La misma Katia que hace "salir los sentimientos".

PD2. Hace unos años un compañero de Barcelona me hizo saber, lleno de ilusión y sin atisbo alguno de ironía, que había recibido una herencia de Nigeria de un pariente desconocido y que para cobrarla únicamente tenía que adelantar el pago de ciertos gastos de notaría y gestión (unos cuantos miles de euros). El pago debía hacerse a una cuenta titularidad de un tal "Mohamed Al Mazen".


jueves 16 de febrero de 2012

Cuatro notas (menos breves de lo que debieran) sobre la reforma laboral



1) La demanda laboral es una demanda derivada. Esto, que es de primero de macroeconomía, se nos olvida bastante: los empresarios no contratan trabajadores porque los coleccionen, les tengan afecto o tengan pensado cocinarlos a la cazadora, sino porque los emplean (nunca mejor dicho) para producir bienes o servicios por los que alguien está dispuesto a pagar. Y ese es justo el problema: la demanda languidece en casi todos los sectores -entre otras cosas, porque los bancos no prestan un euro ni solicitándolo gentil y educadamente con un lanzallamas-.

Digo que se nos olvida porque parece como si, a base de reformas y más reformas fuéramos a convencer a los empresarios de que contraten trabajadores al margen de la coyuntura. Es indudable que una legislación adecuada puede facilitar ese proceso pero nada más: no operará milagros si la economía no se reactiva y el crédito no vuelve a fluir. Por muy fácil que sean el despido y la contratación, si un concesionario de automóviles no vende coches no contratará comerciales sean cuales sean las normas laborales vigentes.


2) Cuando algo no funciona -y dada nuestra tasa de paro es evidente que nuestro mercado de trabajo no lo hace- es preciso averiguar cuáles son los factores diferenciales de nuestro esquema económico general que hacen que eso sea así. El gobierno y la patronal apuntan -no sin razón- a la rigidez del mercado laboral español. Esto, que puede ser cierto en términos generales, no empece otro hecho: nuestra especialización en actividades productivas poco intensivas en conocimiento hace que, ante la crisis, la herramienta básica de ajuste sea el despido.

Si una empresa constructora, una de limpieza, un taller o un supermercado ven como su volumen de negocio se reduce... despiden. Y nuestro país es eso: un país de construcción, servicios a consumidor final de bajo valor añadido y turismo. Lo que la reforma intenta -creo entender- es repartir la carga de la crisis: haciendo que el empresario pueda despedir con más facilidad -y así pierda el miedo a contratar- y, por otro lado, permitiendo distribuir esa crisis entre los trabajadores -con medidas como los recortes salariales-.

No obstante, sin promover un cambio en el modelo económico -y ese es un proceso lento por definición- si la crisis regresa también lo hará una tasa de desempleo que, mucho me temo, multiplicará otra vez la media de la Unión Europea. Quizás entonces entendamos que nuestro único problema no era el mercado laboral. O anunciaremos una nueva reforma... o una contra-reforma.


3) Las instituciones públicas vinculadas al empleo/desempleo son una catástrofe sin paliativos. El SEPE (ese ente al que todo el mundo sigue llamando INEM) no es otra cosa que un dispensador de prestaciones económicas a mansalva. Y todas las "políticas activas de empleo" (formación, ofertas de empleo) están en manos de las Comunidades Autónomas, que las ejercen con una desidia digna de estudio, más que nada porque no tienen que hacer frente a la carga financiera que supone cada desempleado adicional (ese marrón se lo come el INEM, es decir, el Estado).

Esa dualidad es fuente de poderosas ineficiencias (descontrol, falta de coordinación informática, ausencia de incentivos) que han hecho que estas instituciones, que consumen un volumen ingente de recursos, tengan en cambio un papel marginal en lo que a la intermediación en el mercado laboral se refiere. Son caras, son rígidas y burocráticas: son ineficientes.

Algo parecido puede decirse del panorama sindical español. En la medida en que los sindicatos viven de las subvenciones y no de las aportaciones de sus afiliados sus preocupaciones tienen más que ver con su papel como grupos de presión cuasipolíticos y con la defensa de su posición oligopolística, que con la defensa de los derechos laborales. Por eso, en la práctica actúan como férreos defensores del status quo: uno intuye que aunque llegara a haber veinte millones de parados ellos continuarían oponiéndose a cualquier conato de reforma.


4) La regulación más importante no es la del mercado laboral sino la de la actividad económica en su conjunto. Y en eso somos unos auténticos pioneros: en vez de facilitar la iniciativa emprendedora hemos alumbrado una laberíntica administración multinivel que, no sólo distorsiona la unidad de mercado, sino que, además, genera una farragosa normativa capaz de ahogar cualquier buena idea en un marasmo de autorizaciones, permisos, licencias, certificados, declaraciones responsables, garantías y otros centenares de chorradas.

Por otra parte, ser empresario en España (sinónimos: explotador, cabrón, señor gordo con bigote que fuma puros) es, todavía, un baldón. El español medio tolera al ricacho del pueblo porque forma parte del paisaje -siempre estuvo ahí- pero exhibe un recelo instintivo, trufado de envidia, frente al que mejora de condición. Mal que nos pese, todavía no atisbo en nuestro país nada de esa cultura protestante que venera el esfuerzo, la iniciativa emprendedora y el éxito profesional.

A MODO DE RESUMEN. Tendemos a creer en las soluciones milagrosas: si el equipo va mal echamos al entrenador, cuando hay sequía sacamos a la virgen de paseo y, cuando el paro se dispara, volvemos a invocar el mantra de la reforma laboral. Formas de pensamiento mágico totémico que sirven de poco, pero que nos hacen sentir que está en nuestras manos hacer algo relativamente fácil que puede cambiar el curso de las cosas.

Ojalá fuera tan sencillo.


PD. Propongo como alternativa que Soraya y Rubalcaba peregrinen descalzos por los campos de Castilla la Vieja, portando el pendón mayor del reino y las tablas sagradas de la reforma laboral.

Nota del autor. Ante las dudas suscitadas al respecto, debo aclarar que la expresión "pendón mayor del reino" no hace referencia a ningun miembro, pretérito o actual, de la dinastía borbón.

lunes 13 de febrero de 2012

Justo por encima de Ruanda

Escucho a todo el mundo apuntar múltiples razones de la crisis.

Para contribuir al debate yo apunto aquí la mía y lo hago limitándome a reproducir un hecho real, publicado en el Diario de Cadiz el pasado doce de febrero: la odisea de alguien que pretende montar una pequeña empresa de transformación agrícola.

Ahí va. Las conclusiones las sacan ustedes mismos, que ya son mayorcitos y, además, les tengo por bastante listos. 

Un empresario en el laberinto

El informe Doing Business 2012, que publica el Banco Mundial, sitúa a España en el puesto 44 del ranking para hacer negocios, justo por encima de Ruanda. Podríamos escalar en esta clasificación si no ostentáramos el puesto 133 en la sección 'trámites para abrir un negocio'. En España se tarda una media de 28 días en resolver el papeleo para poner en marcha una empresa. En los países de la OCDE se tarda 12. A Ramón Iglesias le llevó mucho más tiempo. 

La silenciosa bodeguita con botas de roble, un minilagar y una pequeña almazara que tengo ante mí está situada a tres kilómetros del núcleo poblacional más próximo, Conil (Cádiz), y no parece una discoteca. Sin embargo, siguiendo la Tabla 3 del Anexo I del decreto 326/2003, tiene el estudio acústico exigido por Medio Ambiente. 

Las siete gallinas ponedoras, el gallo y los dos gansos que tengo delante cuentan con informe sanitario, autorización ambiental, proyecto técnico, declaración de actividades contaminantes del suelo, certificado de eficiencia técnica y certificado de cumplimiento de la protección de la calidad del cielo nocturno. Miro a las gallinas ponedoras. No habrá gallinas en Andalucía con más papeles, pero es que se acogen a los reglamentos 1069/2009 y el 142/2011 referidos al uso industrial de fertilizantes. Son siete gallinas. 

Por supuesto, según el artículo 32.1 de la Ley 14/2007, el complejo en el que me encuentro acredita certificación de innecesariedad de prospección arqueológica. No atenta contra el patrimonio histórico de estas lomas milenarias. Lo dice un certificado. Uno más. 

"¡Nos estamos volviendo locos!", exclama Ramón Iglesias, ingeniero que en su juventud militó en el marxista-leninista PTE, visitó en calidad de inquilino cuatro veces las cárceles franquistas y celebró una democracia que arrancó con 50.000 páginas en el Boletín Oficial del Estado; ahora tiene 800.000. La democracia nos liberó de la autocracia y trajo una cascada de leyes, decretos y reglamentos que se traducen en el triunfo de la burocracia. La bodeguita de Ramón, que se lo toma con humor, es un caso práctico. 

Todo empezó en 2008, cuando Ramón heredó 17 hectáreas en la finca llamada Sancha Pérez. "Tuve claro que no me iba a poner a plantar cereal para extender la mano y cobrar la ayudita de la PAC. Quería otra cosa". Otra cosa sería rescatar cultivos de antaño, plantar viñedos con variedades de petit verdot y tintilla, olivos de variedad arbequina, cientos de árboles frutales y miles de plantas aromáticas. Tendría siete gallinas (y un gallo, y dos gansos), construiría una bodega al estilo de las de Ribera, de esas que se integran en el paisaje, la gente podría venir a pasar el día, a recoger los huevos, a echar una mano en la vendimia, a disfrutar del paisaje, a comprar vinos y aceites de producción limitada o, incluso, los dueños de pequeños olivares cercanos podrían molturar aquí su aceituna y llevarse su aceite. 

Hoy, miles de papeles después, este proyecto, Sancha Pérez, es una realidad. Ramón Iglesias ha realizado una inversión de cerca de 500.000 euros y espera crear media docena de empleos: "Pensé en hacer algo por los demás". Tiene dinero y lo invierte en generar felicidad, en generar un día de campo, un buen vino, aromas, naranjas... cosas sencillas. Pero en el medio millón de euros no está incluido lo que ha costado en tiempo y dinero el papeleo. 

Ramón creó hace más de diez años industrias de transformación agrolimentaria. Recuerda una de espárragos. Pero luego se centró en la construcción de VPO. Al regresar a la transformación agroalimentaria se ha encontrado con que "la legislación se ha multiplicado hasta lo inverosímil. Dos terceras partes del tiempo destinado a este proyecto lo he quemado arreglando papeles". 

Ha escrito en 20 folios un desternillante informe de todos los pasos que ha tenido que dar hasta ver culminado el proyecto en el que han intervenido doce departamentos de cinco administraciones distintas. Es un monumento al absurdo que arranca cuando intenta transformar el suelo rústico en un proyecto de actuación de interés público, según el artículo 42 del Título V de la LOUA (Ordenación Urbanística de Andalucía). El artículo 42 es larguísimo. Dice tantas cosas que no dice nada. Pero no se desanima. Busca la cartografía base, que tiene que ser el mapa del ICA (Instituto de Cartografía de Andalucía), se hace con el SIGCAP, que le acredita como agricultor, demuestra que las plantas aromáticas están acogidas al plan de Biodiversidad del CAAE... superar el artículo 42 llevó dos años. La obtención de suministro eléctrico fue otro calvario que se cargó la primera cosecha debido a la compleja interpretación que hubo que hacer de las leyes de gestión ambiental 356/2010 y 7/2007 sobre la longitud de las líneas, si bien luego se aprobó por el decreto 223/2008. 

Obtuvo licencia de obras con la aprobación de la GICA (gestión ambiental), pero esto no servía de nada, al supeditarse a la AAU (autorización ambiental unificada), que, entre otras cosas, incluía el estudio acústico mencionado. Tras eso, el registro sanitario de alimentos (sorprendentemente rápido), el registro de industria agroalimentaria y el trámite Libex de establecimiento industrial. El maratón terminó el pasado 12 de enero cuando obtuvo la licencia de apertura concedida por la junta de gobierno del Ayuntamiento de Vejer tras pasar por el visto bueno del Servicio de Asistencia Municipal de la Diputación, que depende de Medina Sidonia. Para ello, presentó de nuevo los mismos certificados que ya había presentado en distintas consejerías y ministerios. 

Javier Sánchez Rojas, vicepresidente de la Confederación de Empresarios de Cádiz, denuncia que se incumple sistemáticamente la Ley Omnibus, que en su día quiso evitar duplicidad de administraciones. "La ventanilla única es una más. Si antes había que ir a 29 ventanillas para crear un negocio, con la ventanilla única tenemos 30. Si el emprendedor va justito de financiación, el papeleo y la burocracia acaba de quitarte la afición". La indignación empresarial con este laberinto viene recogida con datos en el Informe sobre los frenos burocráticos a la actividad empresarial de Andalucía, que cifra en 3.600 euros los que cada empresa se gasta de media, al año, en burocracia. El informe GEM, que anualmente realiza una encuesta de las percepciones empresariales, valora Andalucía como la sexta región con más dificultades para enfrentarse a las trabas burocráticas. 

Paseamos entre los viñedos de Ramón, que reflexiona sonriendo: "Me empeñé en que todo fuera acorde a esta locura, todo legal, pero quién resiste eso. Entiendo que el empresario se desespere y lo haga de aquella manera. Y luego hablan de economía sumergida..."


PD. Me gustaría montar un foro-debate al que asistieran, entre otros, Kafka, Woody Allen, Bertrand Russell y Forges cuyo eje central fuera "El certificado de innecesariedad de prospección arqueológica".

Derrotas



Una vez fui a ver un espectáculo de Faemino y Cansado titulado "Siempre perdiendo". En realidad, creo que lo vi dos veces, en diferentes lugares, pero tengo un recuerdo más bien borroso del asunto, así que tampoco lo juraría.

El caso es que me gustan Faemino y Cansado y me gusta especialmente el título de su espectáculo, que evoca el que juzgo un buen resumen de nuestras vidas. Esas vidas que son, más que ninguna otra cosa, una derrota sostenida que apenas alcanzamos a enmendar por más interés que pongamos en conseguirlo.

Esa derrota es muchas cosas en las que, quizás por muy buenas razones, preferimos no pensar. Yo por ejemplo, abdiqué de mi lengua materna -el asturiano- y ahora, aunque me encanta su musicalidad, no soy capaz de escribirla y, lo que es más triste, apenas reconozco el bable estándar como algo propio: contiene demasiadas palabras que me resultan ajenas y si intento leerlo acaba resultándome un artefacto más extraño que familiar.

En la universidad descubrí que ser más bien tímido y bastante nervioso era incompatible con los exámenes orales, así que, pese a aprobarlos, hube de abdicar de mi difusa intención de ser abogado del estado o juez. La íntima convicción de que en un mundo en el que se pudiera ser cualquiera de esas cosas haciendo exámenes de test y/o supuestos prácticos yo podría serlo sin mayor dificultad no alivia en absoluto ese pesar: solo hace la derrota más inconsolable.

Podría seguir enumerando unas cuantas derrotas mas pero no conviene abusar de nada y menos de la autoflagelación (ni pública ni privada). El caso es que todos perdemos muchas veces y no hay que darle más vueltas. Si las veces que ganamos -porque lo hacemos bien o porque la suerte nos es favorable o por una combinación de ambos factores- no nos cuestionamos el curso de los acontecimientos, con la derrota conviene observar una higiene similar: un poco de análisis, un pelín de autocrítica y a otra cosa mariposa.

La vida es demasiado breve para ahogarnos en el océano de las cosas que no salieron bien o de las que no llegamos a hacer por miedo o falta de capacidad, perspectiva, entusiasmo, motivación, perseverancia o suerte. Del pasado podemos aprender algunas lecciones -menos de las que nos gustaría pensar- que resultan, además, menos útiles de lo que debieran, porque la vida no suele situarnos dos veces frente a la misma puerta: las situaciones y las personas cambian y esos cambios no suelen aparecer en el libro de instrucciones que nos vamos forjando con el martillo de la experiencia.

Además, como ocurre en la conocida narración del maestro zen, nunca sabemos si los males que nos aquejan suceden, a la postre, por nuestro bien o para nuestra desdicha. No es infrecuente que detrás de la victoria se agazape la derrota (y viceversa) y, por otra parte, siempre he creído que los dioses -es decir, el azar- cuando desean castigarnos con especial severidad se limitan a concedernos aquello que más deseamos.