jueves, 16 de mayo de 2013

Estados de ánimo

Efectos secundarios de algunos interventores
 
 
 
El mar de Gijón
 
 
 
Ella sabe algo y no te lo dice
 
 
 
A qué me lío a tortas...
 
 
 

domingo, 12 de mayo de 2013

Epifanía del señor



Parece un barco, pero es la epifanía del único y verdadero Dios del mundo en que vivimos. Por él, por los objetos que acarrea apilados en perfecto orden en su lomo, nos desvelamos, hacemos cuentas que nunca cuadran del todo, agachamos la cabeza si es menester, morimos un poco cada día y matamos mucho y muy eficazmente, como si los hornos microondas o las pantallas de plasma fueran capaces de iluminar nuestra oscuridad interior, librarnos del miedo o redimirnos de todos nuestros pecados; como si en alguna esquina de esos hermosos contenedores de hojalata, alabado sea el Señor, estuviera escondida la llave secreta de la felicidad y sólo tuviéramos que abrir unas cuantas cajas más para encontrarla. 

Con todo, siempre hay esperanza. En medio de la noche, en la torre de control barrida por el viento del buque portacontenedores Enma Maersk que atraviesa el atlántico norte impulsado por su poderoso motor Wärtisilä-Sulzer, presiento que alguien contempla las estrellas y se pregunta cómo es posible que, una y otra vez, incesantemente, seamos arrojados al vertiginoso abismo de vivir tan llenos de cosas y, sin embargo, tan mal provistos de todo lo que necesitamos para ser felices.

sábado, 4 de mayo de 2013

Portavoces




Todos tenemos nuestras querencias: a los toros les gusta arrimarse a las tablas y a mucha gente le gusta que le digan lo que tiene que pensar. Y por si acaso se les olvida ahí están para recordárselo los portavoces de los partidos políticos que, dado su lastimoso desempeño sospecho que deben ser reclutados entre los desechos de tienta de algún psiquiátrico clausurado por falta de presupuesto. Escucharles atenta contra la inteligencia, porque son seres que con cada gesto y con cada palabra van trazando en el vacío un pequeño submundo arbitrario de paredes estrechas y verdades inamovibles y no hay dios que les saque de ellas, y, por si eso fuera poco, todos parecen haber llegado a la conclusión de que la verdad es un producto social, una especie de construcción arbitraria y por eso se aprestan a inocularle al populacho por vía endotelevisiva cualquier mentira flagrante del género de esas que se despachan todos los viernes al acabar el último Consejo de Ministros.

Bertrand Rusell, a quien la humanidad nunca admirará lo suficiente, decía que era necesario educar a los niños en la lectura escéptica de la prensa. Yo creo que esta tarea -prevenir el engaño, fomentar la actitud crítica y desconfiar de toda verdad revelada- debería ser el objetivo prioritario de la educación, porque de lo contrario lo único que produciremos será idiotas maleables de diferentes tamaños y modalidades técnicas.

¿Qué hacer para conseguirlo? Para empezar conviene esforzarse en encontrar voces inteligentes alejadas de lo que uno piensa. Siempre las hay y no es difícil identificarlas: nos producen una aguda punzada y un rechazo primario e instintivo que agudiza los sentidos. Nuestro cerebro, como todo sistema complejo, se aviva con los retos y nada nos obliga tanto a cavilar como las ideas de los que no están de acuerdo con las nuestras. Nada bueno nace de la mansedumbre y pensar bien nunca consiste en repetir lo que dicen otros. Por eso mismo no estaría de más que todos los que incurren en el feo y muy generalizado hábito de leer sólo el periódico más acorde con sus ideas abandonaran por un rato ese confortable territorio para adentrarse en lo desconocido.

Otra cosa que juzgo conveniente es despreocuparse de lo que piensen los demás acerca de lo que uno piensa. Cada vez que ponderamos las consecuencias de nuestras opiniones las cambiamos y, en cierto sentido, las falseamos. Uno debe procurar formarse una opinión fundada acerca de aquello que le importa, contrastando en la medida de lo posible la información en la que apoya sus juicios, sin incurrir en apriorismos ni en lugares comunes. Pero, una vez formada, esa opinión no debe ser moderada en atención a lo que los demás puedan pensar de nosotros: en cualquier debate intelectual es preciso ponderar las ideas de los demás, pero es igual de imprescindible desechar sus prejuicios.

Todo esto viene a cuento de esos telediarios poblados por personajes como De Guindos, con esos aires de caduco jugador de casino, Montoro, que siempre parece estar mascando un chiste que no acaba de contarnos pero que le produce mucha risa, Cospedal, que lleva camino de acabar convertida en autoparodia o el portavoz socialista ese de gafitas y rostro flatulento (a estas alturas  ya intuirán que ni siquiera recuerdo su nombre) que resulta evidente que no se cree ni una palabra de lo que dice, pero que, sin embargo lo dice todo con una asombrosa rotundidad, como si el exceso de énfasis pudiera compensar su falta de verosimilitud. Todos mienten sin decoro y todos dicen hoy lo contrario de lo que dijeron ayer y es tal el estado de cosas al que hemos llegado que, a fuerza de sostenida, ya casi ni nos asombra esa farsa cotidiana.

PD. Por lo demás ayer un Guardia Civil entró en prisión por discrepar de un superior que, por lo que parece, era un cretino.  La noticia, como tal, no tiene nada de novedoso, porque si hay una constante histórica inamovible es que quienes se oponen a la estulticia y a la intolerancia siempre lo hacen en detrimento de su salud y de su fortuna, pero me gustaría, en el improbable caso de que alguna vez tuviera ocasión de hacerlo, estrecharle la mano y felicitarle, porque sin esa resiliencia frente a la injusticia no es posible ninguna forma de progreso social (ni personal); progreso del que, a nadie se le escapa, andamos muy necesitados.

I will wait



Mumford and Sons - I will wait 

Cuando unos alemanes te meten un siete a cero en una semifinal de la Champions sólo te queda quitarte el sombrero, en el caso de que tengas uno en la cabeza, saludar levemente con un sutil giro de muñeca cual princesa a punto de ser imputada y salir discretamente por entre bastidores intentando no hacer ruido. Así es la vida y así es el fútbol: unas veces uno se come al oso y otras, en justa correspondencia, el oso te baja los pantalones y te pone mirando a poniente. 

De todas formas yo crecí con un Barcelona que perdía siempre, así que este Barcelona de ahora, que gana mucho y de vez en cuando hasta pierde resulta toda una bendición y, además, como de biennacidos es ser agradecido sólo me queda aceptar la derrota con deportividad, dar las gracias por los servicios prestados a  quienes tanto me han hecho disfrutar y esperar a que las tornas cambien y vengan de nuevo los buenos tiempos, que llegarán, como todo acaba llegando siempre, pues nada es infinito, ni siquiera el universo ni la inabarcable estupidez de los hombres que lo pueblan.

domingo, 28 de abril de 2013

Pájaros en la cabeza





Llego a casa y, como siempre, nada más entrar voy corriendo a encender la televisión para no sentirme sólo. La nevera está medio vacía y en la puerta hay una lista de la compra escrita con rotulador rojo que el martes se fue alargando hasta ocupar los márgenes de la hoja y que el jueves hizo metástasis en dos post-it azules pegados a los lados. Luego enciendo la radio y espero hasta que el sonido se confunda con el de la televisión, bebo dos sorbos de Coca-Cola Cero y me quedo mirando fijamente esa lista con la cabeza un poco ladeada, hasta que me doy cuenta de que se parece un poco a esas cosas que escribo, porque está compuesta de patatas, huevos, queso, espárragos verdes, mayonesa, leche, atún, cebollas y manzanas; cosas de lo más normal y que consideradas en si mismas no valen gran cosa, pero sin la cuales la vida, curiosamente, empeora bastante.

La lista y yo nos quedamos un rato contemplándonos en silencio hasta que las palabras se despegan del papel, comienzan a flotar, se elevan por encima de la puerta de acero inoxidable de la nevera y salen volando como pequeñas islas en el aire, aligeradas y libres de su fría existencia terrenal.

sábado, 27 de abril de 2013

Azares y Montoros




Las cosas que nos ocurren no tienen ningún sentido y ese vértigo atávico es el padre de la religión, del fútbol, de la numismática y la papiroflexia, de los informes de fiscalización y de todas las demás estupideces a las que el ser humano se asoma para no hacer frente a la única y asfixiante verdad: que todo es azar y que por mucho que pretendamos dirigirnos a buen puerto siempre acabamos postrados en los arrecifes de esa chica morena de ojos abisales que un día nos prometió amor eterno en versos de rima asonante y que ahora nunca se pone al teléfono porque unos cuantos orgasmos después decidió -no hay que descartar que con buen criterio- regresar con su marido que es oficial de los Mossos de Escuadra, tiene un sueldo fijo y un chalet en Bellver de Cerdanya.

Por eso me da tanta risa ver como el gobierno del PP intenta disimular sus desgracias, que por desventura son las nuestras, con artefactos verbales y corregir una y otra vez sus ya desbordadas previsiones con la desesperación del que ve como se le inunda el garaje y se le ahoga el Audi. Un día -esperemos que pronto o no sé si quedará algún testigo para contarlo- el péndulo volverá a oscilar y la máquina diesel de la economía española se pondrá otra vez en marcha y entonces, los gañanes que estén a los mandos se pondrán la mar de ufanos, se estirarán la corbata y dirán que sus medidas funcionan y que ellos ya lo sabían y que siempre lo supieron. Pero también será mentira: no saben nada, sólo esperan a que escampe la tormenta soltando trolas para consumo de despistados, incautos en almíbar, cretinos o de esos adeptos incondicionales que tanto abundan por ahí.

Para consolarnos nos queda, eso si, la música de esa hermosa portuguesa natural de Santarém, al borde mismo de los meandros del río Tajo, que recibe el evocador nombre de Ana Moura y que es receta que, a diferencia de los pronósticos del amigo Montoro, no falla nunca siempre que es menester ahogar las penas y los desamores.

Quer o destino que eu não creia no destino
E o meu fado é nem ter fado nenhum
Cantá-lo bem sem sequer o ter sentido
Senti-lo como ninguém, mas não ter sentido algum

Ai que tristeza, esta minha alegria
Ai que alegria, esta tão grande tristeza
Esperar que um dia eu não espere mais um dia
Por aquele que nunca vem e que aqui esteve presente

Ai que saudade
Que eu tenho de ter saudade
Saudades de ter alguém
Que aqui está e não existe
Sentir-me triste
Só por me sentir tão bem
E alegre sentir-me bem
Só por eu andar tão triste

Ai se eu pudesse não cantar "ai se eu pudesse"
E lamentasse não ter mais nenhum lamento
Talvez ouvisse no silêncio que fizesse
Uma voz que fosse minha cantar alguém cá dentro

Ai que desgraça esta sorte que me assiste
Ai mas que sorte eu viver tão desgraçada
Na incerteza que nada mais certo existe
Além da grande incerteza de não estar certa de nada.

sábado, 20 de abril de 2013

Actualidad politica



Si el ínclito coronel Tejero apareciera mañana, pistola en mano, en el Parlament acompañado de dos o trescientos números del cuerpo de la Guardia Civil presto a desballestar la Autonomía de Cataluña y su proyecto independentista puede que el resultado de la intentona golpista fuera incierto, pero de lo que no parece haber ni la menor duda es de que al abandonar el Parlament el coronel saldría sin billetera, porque alguno de los Pujol se la pisparía y acto seguido la deportaría a Andorra, que ya se sabe que la cabra tira al monte (al col de Ordino, en concreto). No deja de ser curioso, por otra parte, que para el Estado lo de Tejero sería, en tal caso, un golpe autonómico y para los de Esquerra, en cambio, un golpe de Estado, paradoja que nos recuerda, una vez más, que todo es del color del cristal con que se mira. 

Cospedal me produce un miedo creciente y a estas alturas ya no aspiro tanto a que algún correligionario se arme de valor y le sugiera que deje de decir bobadas, como a que algún cura párroco amante de las causas perdidas se anime a practicarle un exorcismo, más que nada para ver si así se serena y deja de echar espuma por las comisuras de la boca cada tres por cuatro. Ahora le ha dado por decir que los de los escraches son como los nazis, comparación que me hace pensar que, o bien tiene una idea bastante errada de cuál era la rutina diaria de un campo de concentración, cosa que no sería propia de una mujer de su inteligencia, o que, alternativamente, ha alcanzado ese curioso estado de embriaguez política en el que uno suelta por la boca lo primero que se le ocurre y se queda tan ancho, como si en vez de haber parido una chorrada vergonzante y lastimosa creyera haber alumbrado una nueva ley de la termodinámica. 

El nuevo papa dice que quiere una iglesia pobre. Es curioso porque yo siempre he tenido la sensación de que el dinero lubricaba las puertas del cielo, pero en esto, como en todo lo demás, debo de andar errado porque hace años que no frecuento la santa misa (en minúsculas porque se trata de un subgénero de la ciencia ficción) y a lo mejor ahora las cosas son diferentes. En mi pueblo, cuando yo era chico, los ricos se sentaban en la parte de adelante de la iglesia y hasta tenían banco propio, mientras que la plebe se apelotonaba a pié firme en la parte de atrás soportando el relente de la puerta entreabierta. Mi abuelo, que era un cachondo, me decía que como aquellos hijos de puta tenían tantos pecados que hacerse perdonar les convenía ir tomando posiciones, imagen que, por cierto, siempre me vuelve a la memoria cuando veo asomar el descomunal cabezón de Fernando Alonso en la parrilla de salida de un gran premio de Formula 1.

La gente se manifiesta para que a los de las participaciones preferentes les reembolsen el dinero, noble y errada causa que compendia bastante bien el peculiar funcionamiento de la mente del español medio: unos señores pierden su dinero al invertir en un determinado producto financiero o pseudofinanciero que resulta fallido (preferentes, sellos, madera) y, como la entidad financiera está en las últimas y no puede hacer frente a sus responsabilidades, es el Estado (es decir, todos) el que ha de pagar la factura entre los aplausos de las masas enfervorecidas. Con lo que, al final, el individuo averso al riesgo, que se conformó con una modesta remuneración en su cuenta corriente, acaba pagando la cuenta del que quiso ser más listo que él invirtiendo en preferentes. Estupendo. Ya se que ahora se alega que los que compraron preferentes, pobrecillos, lo hicieron engañados y sin saber ni cómo ni porqué, pero a mi, que quieren que les diga, hay algo que me escama en tanta ignorancia sobrevenida.

Lo malo de todo esto es que nadie tiene ni idea de cómo acabará. No lo saben los de la Troika, no lo sabe Montoro, no lo sabemos nosotros y menos lo saben todavía los que ponen cara de saberlo que, por cierto, son los mismos que también la ponían hace unos cuantos años y pronosticaban todo tipo de chorradas que la realidad y la crisis han ido desmintiendo una por una. Confío en que no haya una revolución o, al menos, en que si la hay no sea cruenta, que estas cosas las carga el diablo. Lo que si sería menester es resetear a nuestra clase política, porque lo que no es de recibo y no tiene ni medio pase de pecho es que los que ahora nos administran el ricino con la excusa de sanarnos sean los mismos que antaño fueron promotores y/o colaboradores necesarios en todos los desastres que causaron nuestra enfermedad. Y, más que nada, confío en que la crisis ayude a despertar el adormecido espíritu crítico del español medio, cosa que, en el improbable caso de que llegara a suceder, haría que todo lo que está pasando hubiera merecido la pena.

domingo, 7 de abril de 2013

De imputaciones y otros fuegos no siempre de artificio

Aquí, con mis cosicas

Ya estoy de vuelta de vacaciones, a tiempo de ver como el juez Castro imputa a la infanta Cristina como cooperadora necesaria en las múltiples trapichuelas lucrativas de su marido, como por otra parte era de esperar por cualquiera que tuviera más de dos dedos de frente. De ver como la imputa o, al menos, de ver como lo intenta, porque no parece que los numerosos y tentaculares poderes fácticos de este nuestro malhadado país estén dispuestos a dejarle perseverar en ese propósito por mucho tiempo. Con todo hay que ser optimista: esa imputación, aunque al final no llegue a prosperar, es una muestra de que los tiempos avanzan por mucho que ese avance sea siempre demasiado moroso y hasta desesperante, porque, si se lo paran a pensar amigos, tal cosa hubiera sido imposible en cualquier otro momento de la historia.

A escala planetaria, el orondo líder comunista de Corea del Norte amenaza estos días con empezar una guerra nuclear nada menos que con Estados Unidos, que viene a ser como montar un equipo de fútbol en la comunidad de vecinos y desafiar, como primera providencia, a la selección de Brasil. A mi el muchacho este, que quieren que les diga, me tiene el corazón robado. Da gusto verle ahí en los telediarios, con un palito en la mano que parece la antena de radio que alguien sustrajo en 1978 del Seat 124 de mi tío Ismael, señalando cosas en los mapas, dirigiendo a las tropas hacia algún difuso punto del horizonte o asentando pollos de engorde con esa rostro suyo tan característico, siempre desbordante de agudeza y lucidez, rostro que, por cierto, algunos enemigos del pueblo, viles traidores de lengua bífida, perros sarnosos sin escrúpulos vendidos al capitalismo, afirman que evoca más de lo que sería menester al de un adicto a la panceta que ha ingerido tres raciones de fabada en pleno agosto y está a puntito de reventar y ponerlo todo perdido.

Ikea ha retirado en Bélgica sus lasañas de carne de alce porque, al parecer, en realidad eran de carne de cerdo. También ha retirado sus albóndigas de ternera porque no eran de ternera sino de ternera y caballo y, según parece, en sus pasteles de chocolate hay evidencias de no sé qué bacterias nada tranquilizantes. Me permito sugerirles que, para evitar problemas: a) se limiten a decir que sus productos son de "carne de algo" y, b) que fabriquen las tartas y los muebles de baño con máquinas diferentes. Por cierto, ¿quién carajo come lasaña de alce?

Paul Preston publica ahora un libro en el que relata los episodios más oscuros de la vida política de Santiago Carrillo. A mi la sonrisita del susodicho no me engañó ni por un segundo: se veía a la legua que tenía esos ojos insidiosos tan propios de los dogmáticos, esos individuos a los que es mejor no acercarse porque están dispuestos a abrirse paso a dentelladas en tus carnes. A Carrillo el socialismo les pareció poca cosa y por eso se adentró en la senda del comunismo y como éste también le resultó demasiado light, adoptó con los brazos abiertos la fe estalinista, que brillaba con el fulgor característico de esas certezas universales y redistributivas que tanto atraen la atención de los hombres y que aunque un día parecen hermosas y hasta una buena idea, siempre acaban con unos cuantos decidiéndolo todo por todos los demás y con los demás, que son casi todos, muertos de hambre. De todas formas esa intuición no tiene mérito porque ya había leído a Jorge Semprún, quién decía de Carrillo que tenía la característica mentalidad conspiranoíca y paranoíde de todos los estalinistas, que intuyen un enemigo detrás de cualquier discrepancia, de cualquier adhesión que no sea lo bastante inquebrantable o de cualquiera que piense por cuenta propia. 

viernes, 22 de marzo de 2013

Downtown

 



Lady Antebellum, once more!!!!

 
Quiere la fortuna que uno no elija nunca las cosas que le gustan y por eso, siendo arbitraria toda preferencia, no tiene nada de raro que a mi me guste Lady Antebellum por varias razones que no sabría explicar aunque quisiera o que acaso explicaría falazmente como ocurre siempre que intentamos justificarnos ante los demás. Con todo, si tuviera que forzar una respuesta diría -aunque en realidad eso no importe nada- que hay algo en sus canciones que me parece de verdad aunque no llege a serlo del todo, como los besos de aquella compañera de clase en la universidad que acabó siendo opositora a judicaturas y que pronto ejercerá en un juzgado de lo contencioso de Barcelona y que quizás, para qué engañarnos, no te quería tanto como te repetía al oído cuando intentaba hacerse perdonar, pero que, en justa contrapartida, hasta el más tonto de tus amigos, incluído yo, reconocía (ay) que sabía besar de verdad.

 

jueves, 21 de marzo de 2013

Retales sueltos

 
 
Se sorprenden algunos amigos de las cosas que me atrevo a escribir en este blog, ojo, no de las que escribo, que tienen poca originalidad tirando a ninguna, porque como ya anticipó el maestro Borges no hay historia que no haya sido contada mil veces, sino del hecho de que me atreva a proclamar algunas de ellas a los cuatro vientos sin prestar atención a sus posibles implicaciones, no siempre edificantes, y por eso siempre que tienen ocasión me inquieren cariñosamente sobre si no me da miedo meterme en un lío y a mi esa pregunta y otras del estilo, que quieren que les diga, me deprimen, no por lo que me toca a mi en el asunto, pobre mortal patidifuso, sino por lo que tienen de autodiagnóstico moral de una sociedad becerril y acobardada que ya se asusta hasta de su propia sombra.
 
Estos días anda la gente entretenida con el papa Francisco. Yo, que soy agnóstico y de natural descreído, observo el asunto con la misma indiferencia con la que contemplaría la elección por aclamación del presidente del Consejo Regulador del Porcino, pero no puedo evitar admirarme de que el personal parezca la mar de emocionado con el papa por el simple hecho de que haya sonreído un par de veces y se comporte con cierta normalidad, como si el pueblo católico esperara que nada más ser elegido, en vez de alegrarse, hubiera de emprenderla a mamporros con todos los creyentes hasta que purguen sus pecados que, por cierto, tal y como van los telediarios de cargados, deben ser bastantes.
 
Prometí no hablar de la crisis y he cumplido razonablemente. Creo que a estas alturas lo único que le queda al ciudadano responsable que todavía conserva algún remanente de dignidad es acercarse a una gasolinera, adquirir una lata plástico de cinco litros, llenarla de gasoil y pegarle fuego a algún mangante. Todo lo demás -cualquier discusión, aclaración o precisión adicional- me parece ya ociosa y un punto sobrante, porque es más que evidente que los que mandan nos toman por cretinos y, como tales, se han empeñado en administrarnos ricino al por mayor, con la indubitada convicción, hasta ahora no desmentida por los hechos, de que no moveremos ni un dedo para impedirlo.
 
¿Veremos atravesar el umbral de la carcel a Pujol II, el hereu, Pepiño Blanco, Urdangarín, Bárcenas, Fabra y tantos otros gañanes de la misma ralea? No es probable. Los delitos económicos son escurridizos y de consistencia gelatinosa, su prueba difícil, sus abogados defensores caros y versados, la justicia perezosa y llena de vericuetos, los intereses creados muchos y, sobre todo, aquello que es menester que los implicados callen muy sustantivo, así que no es fácil que desde la judicatura algún héroe homérico desafíe todos esos peligros y se atreva a entrullarlos como sería de desear. Veremos que pasa, la esperanza es lo último que se pierde (y la vergüenza, por lo visto, lo primero).
 
Rajoy, en su estilo, aguantando. Y Rubalcaba, en el suyo, esperando no se sabe qué. De los dos sólo el segundo me desconcierta. A Rajoy lo entiendo sin esfuerzo: es un gallego casi arquetípico y melindroso, que aspira a que los problemas se autodiluyan mientras él hace todo lo posible por confundirse con el paisaje jugando al tute como lo haría cualquier señorito en el casino del pueblo. En cambio, el buen Rubalcaba es un enigma. ¿Acaso alguien como él, que indudablemente no es un cretino, cree que esta, su última aventura política, se saldará con una victoria? ¿Puede ser realmente tan inocente y tan necio alguien que ha dado pruebas sobradas de no serlo?

PD. Por cierto, ya que estamos, una pregunta, amigo Rubalcaba ¿De qué circo arrabalero o de qué festival de los horrores has rescatado a todos esos sujetos que te rodean en el partido y que dicen ser tus correligionarios?. No puede ser obra del azar que te haya tocado en suerte semejante caterva de tarados, así que, si me admites el consejo, es preciso:

a) Ahorcarlos por traición y contumacia en el sabotaje o, alternativamente, si resultan ser sólo lo que parecen,

b) Confinarlos en una institución benéfica consagrada a la tutela de débiles mentales.
 
 
Estos dies, ¿qué quedará d’ellos?
Pasará’l tiempu,
olvidaránse les hores
que-y arramplamos al tediu
pa ser felices y depués membrales
con señaldá:
los momentos que fueron malpenes
un rellumu de lluz nuna tarde gris.
Olvidaránse los nomes,
les vides que fuimos
a contrapelu de too y de toos,
los llabores secretos
de la nuestra tristura pa derromper
nueches y serondes
que veníen fríes, arispies,
con xarazu de nun vivir, con despidíes
xelaes.
 
Olvidaráse la palabra,
que prendió un versu
nel qu’escamplamos
la voz única del que quiximos ser
a destiempu de la realidá.
De tolo que fuimos y nun fuimos,
de tolo que dexamos fecho y por facer,
d’estos díes ¿qué quedará?
Quién nos diera ser otro,
polvo del camín, una nube
de povisa seco que llevanta
un carru al pasar
y queda un instante nel aire
y tembla y arde col oro del sol últimu.
Cualquier cosa primero qu’esti destín
ensin aldu, esti ecu ensin respuesta,
vacíu de sentíu.
Pablo Antón Marín Estrada (Sama de Llangréu, 1966)
 

lunes, 18 de marzo de 2013

43



43 años.

Como cada 19 de marzo, uno más a la cuenta.

Lo bueno -casi lo único bueno- de cumplir años es que hacerlo te recuerda que hay gente que te quiere mucho y, lo que es todavía mejor, que hay un puñado de gente a la que quieres mucho.

Un beso para todos.

 

domingo, 17 de marzo de 2013

George no es superficial como nosotros

A mis amigas que rondan los cuarenta (ya más bien por la parte de arriba, la verdad) les gusta George Clooney porque se nota a la legua que es un hombre de verdad, con su carisma y su personalidad, uno de esos individuos con clase que sabe apreciar a una auténtica mujer sin reparar en su edad y no el típico gañán de pelo entrecano que sólo sueña con ligar con modelos jóvenes y guapas.





Un caso perdido



Escribir es como sentarse en la arena al atardecer a esperar a que suba la marea, algo poco productivo, bastante melancólico y que requiere su tiempo. Además, a veces te quedas ahí, contemplando el agua con los ojos muy abiertos y pronto presientes que esta vez, por mucho que te esfuerces, no va a ocurrir nada y efectivamente nada sucede. Otras veces, en cambio, la ola llega tan rápido que apenas te da tiempo a ponerte en pie y a levantar los ojos antes de que te arolle y se lo lleve todo por delante. En este asunto no hay arreglos, leyes ni principios y por eso muchas veces intentas convencerte de que es algo que carece de sentido, una completa pérdida de tiempo y de que no tendrías porqué hacerlo. Pero nada de eso importa, porque sabes de sobra, con la certeza exacta e inamovible de las cosas que no tuviste que aprender, que si intentas dejarlo muy pronto sentirás un agujero por dentro y que además será uno de esos agujeros que no se reparan de ninguna manera y por eso, como si esa fuera tu única fe y tu única servidumbre, como si el cartel de la autopista hubiera anunciado hace rato la última salida, como hiciste por primera vez cuando apenas tenías diez años y saltaste de la cama a las tres de la mañana para agarrar un lápiz, no tienes más remedio que resignarte e intentarlo una vez más.



sábado, 16 de marzo de 2013

Malos pensamientos



Esa noche en la que tu mejor amiga te tiene una hora al teléfono para contarte que está fatal porque su novio y ella han tenido una discusión tremenda y lo han dejado y que la cosa ya no tiene arreglo, porque os habéis dado cuenta de que lo vuestro no tiene ningún futuro y tu la consuelas lo mejor que se te ocurre, intentando disimular el hecho de que si no fuera porque es la una de la mañana, afuera hace frío y los vecinos creerían que estás loco de remate, saldrías a la terraza en calzones y te pondrías a hacer cabriolas y tirabuzones de puro contento, porque, para que nos vamos a engañar, la única razón por la que desde hace casi doce años ella es tu amiga es porque nunca has encontrado la manera, la ocasión, el momento ni el instante de decirle que la quieres con locura y por eso ahora, por mucho que intentas empatizar con la profunda tristeza que ella experimenta, hay que resignarse y aceptar que la empatía bien entendida empieza por uno mismo y que por eso desde hace más o menos una hora tienes la extraña y reconfortante sensación de que en la vida ha comenzado a soplar una brisa la mar de agradable, como si en esta fría noche de febrero ya comenzara a presentirse el verano.

 

miércoles, 13 de marzo de 2013

Príncipes



Príncipes

Insisto en confirmar estas palabras, profusamente, a quien corresponda.

Que sigue interesándome uno azul.

Igual, pero esta vez, no tan marino.

 Anay Sala

 

domingo, 10 de marzo de 2013

Los otros caudillos






La historia moderna de latinoamérica se resume como sigue: tras la descolonización unos cuantos listos se hicieron con el poder y lo ejercieron al estilo Frodo en el Señor de los Anillos (es decir, sin soltarlo ni para ir al baño) a través de todo tipo de regímenes políticos, dictatoriales o democráticos. Con gran parte de la población subsistiendo en condiciones infrahumanas y casi feudales, las castas de oligarcas que dirigen el cotarro organizaron, para mantener las apariencias, un teatral sistema de partidos políticos que se alternaban como marionetas para acceder al poder y, muy en particular, para el ejercicio continuado del robo y la delincuencia organizada a costa del ciudadano. 

En algunos de esos países, en respuesta a ese estado de cosas, aparecieron formas de populismo de corte mesiánico y personalista -el salvador que se alza de la tierra cual Jesucristo resucitado para redimir al pueblo de la tiranía-. Con un lenguaje más o menos revolucionario y una fuerte dosis de paternalismo de vez en cuando aparecía aquí y allá un Perón que otro que, con un lenguaje torrencial y un estilo más o menos virulento y atropellador, prometía librar al pueblo de sus cadenas. 

Hugo Chávez era uno de esos. Con un curioso paralelismo histórico con Hitler, primero lo intentó por la fuerza y luego, tras fracasar su intento de golpe de estado (en el que al parecer se comportó como una oveja medrosa) recurriendo a la vía democrática; si por democracia se entiende que te voten en masa y aprovechar la coyuntura para pasarte el estado de derecho por el arco del triunfo. Y también como Hitler (no se asusten, ahí acaban los paralelismos) ensayó una especie de vía pseudomilitar y ultranacionalista al socialismo, que ya había intentado, por ejemplo, David Toro en Bolivia en los años treinta, al nacionalizar los recursos petrolíferos que explotaba la estadounidense Standard Oil e instaurar una efímera "revolución militar socialista".

Lo bueno de Chávez era que, a diferencia de Fidel Castro y Evo Morales, que son aburridísimos pero no lo saben porque nadie es lo bastante suicida como para decírselo, en ocasiones daba risa y a veces era hasta gracioso (que no es lo mismo). Igual salía en televisión anunciando que iba a propinarle unos polvos a su mujer, que ordenaba en vivo y en directo a sus ministros cualquier cosa que se le pasara por la cabeza: expropiar un edificio o regalarle una casa a la chica que resultó ser su seguidora número 3 millones en twitter.

Desde Europa juzgamos estos regímenes paternalistas con una mirada complaciente y cierto aire de superioridad, sin detenernos a pensar que la razón que explica la existencia de todos esos caudillos pueriles y sudorosos es que lo que había antes era aún peor. En Venezuela, sin ir más lejos, gobernaba un presunto socialista, Carlos Andrés Pérez, íntimo de Felipe González, que acabaría sus días refugiado en Miami para escapar de una posible extradición por delitos económicos.

De esa herida social mal cicatrizada nace ese gorilismo político que Chávez encarnaba tan bien y ese primitivismo en el que cohabitan elementos contradictorios (neo-comunismo y ultra-nacionalismo, apelaciones a la igualdad y a los derechos del pueblo y totalitarismo), todo en medio de una trasnochada retórica de tómbola ferial y de una estética cargante a base de chandals de colorines y gorras rojas de inspiración militar, cuya estación terminal suele ser la bancarrota en manos de algún pariente del líder en el que, por esos azares del nepotismo a los que parecen ser tan sensibles todos los regímenes comunistas, se perpetúa el ejercicio del poder (el todavía más aburrido hermano de Castro, ese avispado hijo del impronunciable líder norcoreano que amenaza estos días nada menos que con iniciar una contienda nuclear con los Estados Unidos o el yerno de Chávez, que ya es vicepresidente).

PD. No todas las excentricidades de Chávez eran nocivas. En el año 2007 presentó una ley que, para "preservar el equilibrio y desarrollo integral del niño", prohibía una serie de nombres que los venezolanos de menores recursos solían poner con asiduidad a sus hijos, tales como Hitler, Apolo Tres, Kennedy o John Wayne. A juzgar por lo que escucho cuando tránsito por los parques públicos, convendría ir tomando nota de la medida.

PD2. Hace años, durante una cumbre en Santa Marta a la que acudían Chávez y el entonces presidente colombiano Andrés Pastrana, los periodistas se sorprendieron al comprobar que mientras que a Pastrana lo acompañaban apenas cinco personas el equipo de Chávez rozaba el centenar sin contar un numeroso cuerpo de seguridad. Algunos de los miembros de la comitiva explicaron después, fuera de micrófonos, que la función de esa extensa comitiva era organizarle a Chávez en sus viajes un caluroso "recibimiento espontáneo" en cualquier parte del mundo, como se hacía siempre con Fidel Castro. Uno de los miembros de la comitiva era, por cierto, un "catavenenos" que, como el de Ceaucescu, ingería previamente toda la comida que luego había de degustar el líder de la revolución bolivariana.

PD3. Cuando escucho eso de que "Con Chávez y Maduro el pueblo está seguro" me hago una idea de porqué (afortunadamente) la revolución y la poesía no suelen ir de la mano. Convendría prestar atención al tal Maduro, que, a la vista de su lacrimógena despedida del finado (que ya hubiera querido para sí Arias Navarro) apunta grandes condiciones en esto de la opera bufa política. 




Aquí, los dos departiendo de sus revoluciones y sus cosicas.

sábado, 9 de marzo de 2013

Memorial a los caídos en el abismo de tu sonrisa

 
 
 
Era morena y hermosa, tenía los ojos oscuros como una selva de noche y una sonrisa fascinante, imposible de dibujar, con una pizca de desdén que parecía inofensiva, pero que flotaba en el aire, caía sobre ti y se te iba enredando por dentro, en lo más hondo,  hasta que tenías la desoladora certeza de que si ella no te miraba no podías ni respirar. En sus labios había la promesa de un mundo mejor pero ese mundo resultaba tan inhóspito e inhabitable como los paraísos de todas las utopías: dabas vueltas y más vueltas en la cama intentando conciliar el sueño, te echabas otra novia para olvidarla y sólo conseguías olvidarte de que tenías novia, le escribías infatigables cartas que luego arrojabas a la papelera para que tu hermana las rescatara a escondidas y se las recitara a sus amigas, vagabas por las calles con la cabeza en las nubes y con grave riesgo de ser atropellado por un futbolista sin carnet y, al final, acababas descubriendo que, sin saber muy bien cómo, se te había abierto en la línea de flotación una vía de agua que sólo eras capaz de taponar a base de ansiolíticos y antidepresivos de última generación.
 
Regresé a Asturias quince años más tarde y tardé unos meses en poner en orden la casa familiar, en la que las hormigas habían tomado posesión del entarimado del vestíbulo y los pulgones de los manzanos se colaban en oleadas por las enmohecidas rendijas de las ventanas. Todavía olía a pintura mientras llenaba de libros las estanterías y los gorriones se disputaban la propiedad de sus viejos nidos adosados a las tejas del desván cuando volví a verte en la boda de un amigo común y, después de saludarnos, me dijiste, así, sin más, que siempre habías creído que me caías mal. Al escucharlo me sorprendí mucho, pero luego me di cuenta de que tenias razón, porque repetirme todo el rato lo mucho que te odiaba y apretar con fuerza los puños hasta dejarme marcadas las uñas en las palmas de las manos había sido la única estrategia que había sido capaz de articular para defenderme un poco de ti, para intentar olvidarte, para que se callara la voz que siempre pronunciaba tu nombre cuando afuera se hacía el silencio.
 
Odiarte un poco y no mirarte nunca a los ojos, porque de ellos sólo se escapaba a rastras.
 

martes, 5 de marzo de 2013

La vida nos dobla como si fuéramos de alambre


Esta noche he vuelto a ver El Verdugo. Al margen de su obvia calidad cinematográfica, siempre me sorprende hasta que punto la película es un compendio de todo lo malo y de todo lo bueno que nos ha ocurrido durante estos cincuenta años: el desarrollismo y sus pisitos con vistas, la envidia corrosiva tan característica del español medio, el instinto de superviviencia y la incultura y el nihilismo arrodillados ante el altar del dios dinero.

Sin embargo, lo que me interesa de la película no es eso, ni el hecho de que en su tiempo fuera un valiente alegato contra de la pena de muerte, sino algo que juzgo más sustantivo y menos evidente; algo que el propio director, Luis García Berlanga, resumió de forma magistral:

"Que el protagonista de mi película acabe ejerciendo el oficio de verdugo es lo de menos, la elección de este oficio pertenece a la anécdota, al afán de buscar cierta singularidad. Lo importante en la historia es, a mi juicio, la facilidad con que el hombre contemporáneo acaba cediendo a los condicionamientos sociales, se traga inconscientemente -o quizá no- los elementales cebos que las circunstancias le tienden y queda así, sujeto a las garras de un estado de vida que no es el que íntimamente habría deseado. Al principio, adolescentes, soñamos un poco, nos aceptamos libres; basta la seguridad de un sueldo, de un alojamiento, algo de eso que creemos amor y un gran miedo a todo lo demás, para que uno, ya sometido a la colectividad, acabe en lo que es peor, vivir comprometido: hacer algo, bueno o malo, pero en definitiva diferente de aquello que habíamos querido hacer."

Uno de los primeros en darse cuenta de la carga de profundidad del guión fue el embajador franquista en Roma, mi homónimo Alfredo Sánchez Bella, quien, nada más proyectarse la película en el Festival de Venecia, con evidente acierto analítico y bastante mala leche, se apresuró a remitir una carta al entonces Ministro de Asuntos Exteriores en la que definía la película como:
 "uno de los mayores libelos que
jamás se han hecho contra España, un panfleto
político increíble, no contra el régimen, sino
contra toda una sociedad".
 
Tenía razón: la película es un alegato contra toda la sociedad, no contra un régimen en particular. Por eso lo que más impresiona hoy de ella no es la crueldad de la pena de muerte, ni la mortecina opresión del régimen franquista que lo sobrevuela todo. Lo que de verdad asusta, por su cercanía y su proximidad, porque nos concierne directamente a todos como seres humanos, es la constatación del terrible poder corruptor de las circunstancias; el mismo, por cierto, que unas décadas antes había convertido a gentiles ciudadanos alemanes en engranajes de la máquina  criminal del holocausto.
 
Sonreímos al ver a Jose Luis (Nino Manfredi) leer El Caso con el Código Penal en la mano o cuando media en peleas callejeras para evitar que acaben teniendo resultados funestos que requieran sus servicios, pero mientras lo hacemos no podemos dejar de sentir en nuestra boca el mismo regusto amargo que él experimenta en la película. Lo terrible es que hace mucho que ese sabor nos es familiar: sabe a resignación y comodidad, a así son las cosas y a qué se le va a hacer y a esa embriagadora e hipócrita moral del superviviente de la que todos nos vamos revistiendo un poco más día tras día.

lunes, 4 de marzo de 2013

Habemus papam



Silvio I (Il Mangante)

Heridas que no se curan jamás





La noche en la que murió hacía rato que mi padre y yo nos habíamos quedado solos en su habitación del hospital de Jove. Debía ser algo más de la una y en la ventana brillaban, entre los últimos restos de la borrasca que había arreciado esos días, las luces del puerto de El Musel que a  él tanto le gustaban y más lejos, confundidas con la niebla en el horizonte, las de la línea de la costa de Gijón. Desde hacía una hora su respiración había empeorado hasta convertirse en un gemido irreconocible. Parecía que su corazón estuviera intentado aferrarse con desesperación a algo invisible, pero resultaba evidente que ese algo ya no estaba o se había quebrado y que no era posible recomponerlo de ninguna manera. Durante una fracción de segundo me apretó la mano por última vez, yo cogí con fuerza la suya y, cuando quise darme cuenta, su respiración se había desvanecido. Apoyé la cabeza en su pecho pero por mucho que lo intenté ya no pude escuchar los latidos de su corazón.

Me quedé un buen rato en silencio, sin decir nada, llorando con su mano entre las mías y no avisé a nadie hasta bastante más tarde. Durante mucho tiempo pensé que lo había hecho para despedirme, para estar con él por última vez. Sin embargo, esta noche, al recordarlo, me he dado cuenta de que en realidad no sucedió así. Me quedé allí, sujetándole la mano, porque una parte de mi estaba seguro de que si lo hacía durante el tiempo suficiente él encontraría el camino de vuelta y regresaría conmigo, porque mi padre había estado siempre allí, antes de que yo existiera y en todos los momentos importantes, en los buenos y en los malos y en los que ni siquiera merece la pena recordar y me resultaba imposible imaginar cualquier forma de universo en la que no estuviera allí como lo había estado siempre.

Todavía hoy, tantos años después, algunas noches sueño que se despierta, me aparta el flequillo con la mano y me dice que no sea bobo, que deje de llorar y que me meta en la cama de una vez, que ya no son horas. 

domingo, 3 de marzo de 2013

Lo que pensaba Borges y, de paso, lo que pienso yo





Siempre he pensado que en el improbable caso de que algún día yo llegue (es muy posible que por despiste) a un lugar con cierto parecido con el paraíso, sólo tendré la certeza de que lo es realmente si compruebo que los funcionarios celestiales redactan con la perfección formal del maestro Borges. Pero no dedicaré esta entrada a esa cuestión sino a sus ideas políticas. 

Para empezar Borges era un individualista furibundo. Una vez dijo: 

"si me dicen que todo mi pasado ha sido fatal, ha sido obligatorio; no me importa; pero si me dicen que yo, en este momento, no puedo obrar con libertad, me desespero".

Por eso denuncia el abuso de algunos conceptos -clase obrera, pueblo, nación, patria- hacia los que se sienten tan inclinados los políticos, los vendedores de crecepelo y otras modalidades de canallas de todos los tiempos:

"Yo creo que sólo existen los individuos: todo lo demás, las nacionalidades y las clases sociales son meras comodidades intelectuales.", "Las masas son una entidad abstracta y posiblemente irreal".

A este asunto dedica incluso una página literaria específica sobre el tema, "Tú", que comienza así: 

"Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra. Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible. No menos imposible que sumar el olor de la lluvia y el sueño que anoche soñaste".

El libre albedrío y el individualismo le permitían desplegar una honda preocupación ética:

"...creo que si cada uno de nosotros pensara en ser un hombre ético, y tratara de serlo, ya habríamos hecho mucho; ya que al fin de todo, la suma de las conductas depende de cada individuo." 

Por eso descree del Estado...

"El más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo". "Se empieza por la idea de que el Estado debe dirigir todo; que es mejor que haya una corporación que dirija las cosas, y no que todo quede abandonado al caos o a circunstancias individuales y se llega al nazismo o al comunismo. Toda idea empieza siendo una hermosa posibilidad, y cuando envejece es usada para la tiranía, para la opresión."

 ... y de los políticos. Interrogado sobre ellos dijo una vez lo siguiente:

"En primer lugar no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad..."

No se me ocurre una descripción mejor. Por lo demás, aunque es bien conocida su opinión acerca de la democracia,

"Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística." 

...Borges no era un antidemócrata, sino alguien que, como buen individualista, tenía más fe en los individuos que en sus gobiernos:

"Tengo la sospecha de que la forma de gobierno es muy poco importante, de que lo importante es el país. Vamos a suponer que hubiera una república en Inglaterra o que hubiera una monarquía en Suiza: no sé si cambiarían mucho las cosas; posiblemente no cambiarían nada. Porque la gente seguiría siendo la misma. De modo que no creo que una forma de gobierno determinada sea una especie de panacea. Quizá les demos demasiada importancia ahora a las formas de gobierno, y quizá sean más importantes los individuos"

Yo ya era liberal cuando leía a Borges y desde luego su lectura no me animó a cambiar de opinión. Como en ocasiones me preguntan que quiero decir cuando afirmo que soy liberal y que mucho me temo que en España casi nadie lo es aprovecharé la ocasión para explicar qué significa ser liberal tomando prestadas las palabras de un distinguido historiador de la Universidad de Harvard, Bernard Bailyn, quien en 1973 escribió un ensayo titulado The Central Themes of the American Revolution (Los temas centrales de la Revolución Americana) en el que puede leerse lo siguiente:

Aquí se hicieron realidad los temas principales del liberalismo radical del siglo XVIII. El primero alude a la creencia de que el poder es perjudicial. Puede que sea una necesidad, pero es una necesidad perjudicial. Es algo infinitamente corruptor y debe ser controlado, limitado y restringido de todas las formas compatibles con un mínimo de orden civil. La Constitución escrita, la separación de poderes, la Carta de Derechos, los límites sobre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, las restricciones al derecho de represión y a la guerra organizada son evidencias que expresan la profunda desconfianza en el poder que yace en el corazón ideológico de la Revolución Americana, desconfianza que ha permanecido desde entonces en nuestros corazones.

Mucho me temo que algo de eso se nos ha olvidado y por eso en los Telediarios se ven las cosas que se ven.

PD. Cada vez que algún político proclama con voz engolada, como ocurre con tanta frecuencia, que su único interés es el interés general y que no hay nada de orgullo mal entendido, beneficio personal ni ansia de poder en su desempeño debería ser ejecutado al alba: por mentiroso o, lo que es casi peor, por ser tan idiota como para deglutir sus propias mentiras.

sábado, 2 de marzo de 2013

Una constante



Cuando Gerald Brenan llegó a España en la segunda década del siglo XX, le llamó la atención el carácter peculiar, severo y puritano del socialismo español. El Partido Socialista exigía que su militantes fueran hombres serios: no debían hacer uso de la bebida, ni aceptar cohechos, ni frecuentar los prostíbulos y hasta las corridas de toros eran miradas con desagrado. Esta rigidez moral llevó a Brenan a comparar el socialismo español con el calvinismo: “Había algo casi ginebrino en la gran cantidad de respeto a sí mismos, de moralidad personal y de obediencia a la conciencia propia que pedía a sus seguidores”, concluye Brenan.
 
En el partido socialista se entraba como se entraba a misa: a profesar una religión de corte casi ascético.
 
Huega decir que ahora no queda nada de eso. Con el PSC divorciándose del PSOE y un liderazgo igual de calamitoso -por decirlo suavemente- en ambas facciones, la concejal socialista Olvido Hormigos -aquella que se hizo famosa por un vídeo casero en el que se lo pasaba estupendamente-renuncia a su acta de concejal en Los Yébenes  y, ni corta ni perezosa, se aventura en un reality de Telecinco que consiste en lanzarse  de cabeza a una piscina -quiero creer que con agua- en compañía de otros cuantos sujetos de mal vivir.
 
La cosa no tiene mayor importancia y a la vez es un resumen de todas nuestras desventuras. El tal Bárcenas anda por ahí metiendo miedo a sus correligionarios con la lista de donantes y la de cobrantes, Urdangarín tiene dificultades para pagar la hipoteca y para encontrar trabajo, Cospedal demuestra que decir estupideces está al alcance de cualquiera,  Rubalcaba no sabe/no contesta, Rajoy apenas asoma la cabeza fuera del armario, el paro sube que te sube, Berlusconi casi gana en Italia con un programa consistente en teñirse la cara de naranja, implantarse pelo como quien siembra bancales de arroz y expresarse con la descacharrante elocuencia de un tratante de ganado borracho en un puticlub de carretera de circunvalación a las tres de la mañana.
 
A todo esto, entre tantas variables, hay una constante: ni Bárcenas, ni Millet, ni Urdangarín, ni todos los mangantes de las Cajas (que son muchísimos), ni Pepiño Blanco, ni Oriol Pujol, ni Duran i LLeida, ni Fabra, ni tantos otros con iguales méritos han pisado la cárcel.  Y nada apunta a que vayan a hacerlo ni pronto ni más tarde por merced de esas instrucciones lánguidas e infinitas que casi nunca llegan a buen puerto y de esos jueces y tribunales tan proclives a lamer la mano del poderoso.
 
PD. El diario La Razón es un periódico no menos humorístico que El Jueves o La Perdiz, solo que sus redactores no lo saben. Hasta hace poco presentaba los sucesos y aventuras de Bárcenas bajo el valleinclanesco rótulo "Cerco a la corrupción", que podría hacer pensar a algún lector despistado que la policía andaba por ahí corriendo a tiros a los mangantes. En realidad ocurre más bien lo contrario: es la corrupción la que nos va cercando a nosotros. Y no descarten que también acabe corriéndonos a tiros.

domingo, 17 de febrero de 2013

Leva-me aos fados



Me gusta el fado. 

Las razones son muchas, pero como ignoro unas cuantas y la mayor parte no hacen ahora al caso no se las voy a contar. No obstante, de entre todas hay una que se explica perfectamente en una canción de Ana Moura (Levame a os fados): porque en ellos se sosiegan las desventuras de los amores a los que nos entregamos.

Cada fado es una viaje sin billete de vuelta que discurre por la siempre neblinosa topografía de la memoria, la pérdida y la derrota. Un recorrido por las melancólicas carreteras secundarias de este corazón que tanto nos aflige y que, sin embargo, también nos recuerda, con cada latido y con cada lágrima, que estamos vivos, que seguimos esperando y que no dejaremos de hacerlo jamás. 

sábado, 16 de febrero de 2013

Errores




Aquella primavera yo andaba algo enamorado, pero el verano se demoró tanto que cuando empecé a darme cuenta de que ella nunca me había querido el otoño ya languidecía atropellado al pie de los árboles, así que, para eludir una depresión que había comenzado a merodearme como un perro cargado de pulgas, no tuve más remedio que salir por piernas y refugiarme en Lisboa, la única ciudad que siempre parece tan triste como uno por muy triste que uno llegue a estar y la única en la que a nadie le parece raro que apenas tengas fuerzas para quedarte ahí, apoyado en una barandilla de la Alfama, mirando las nubes que flotan en bandadas sobre el río, con ese aire afligido y vagamente poético de las vacas que contemplan el paso de un tren de mercancías.

Por lo demás, yo ya venía siendo un idiota y como la quería tanto me había convertido en una especie de idiota superlativo, un bobo al cuadrado, así que, abandonando la poca dignidad que todavía me quedaba, la llame un par de veces, sólo para tener la ocasión de comprobar que ni siquiera se ponía al teléfono. La tercera vez que lo intenté debí marcar mal y me contestó una señora con acento andaluz que, muy amablemente, me explicó que todos nos equivocábamos alguna vez y que era una tontería darles a las cosas más importancia de la que tenían, reflexión de corte filosófico que, ciertamente, no dejaba de ser juiciosa y la mar de razonable, pero que a mi, en aquel preciso momento, me importaba un pepino. 

A los dos días me llamaron para decirme que se había suicidado Jenaro, un compañero del colegio que había sido mi alter ego durante todo el tercer curso de EGB y al que siempre me había sentido muy unido, así que regresé a Asturias para el funeral y con el trasiego y los viajes no volví a acordarme de aquella formidable y radiante hija de puta, si exceptuamos algunas noches, pocas, en las que fuerzo la máquina de beber más de la cuenta, se me olvida lo mucho que he jurado olvidarla y vuelvo a llamarla por teléfono a las tres de la mañana para declararle, con evidente desesperación y poco juicio, que nunca he dejado de quererla.

Exei na Primavera o cheiro a cravo
rosa e quimera que me encravam na memória que inventei
e andei
como quem espera
pelo fracasso
contra mazela em corpo de aço
nas ruelas do desdém
e a mim que importa
se é bem ou mal
se me falha a cor da chama a vida toda
é-me igual
 vi sem volta
queira eu ou não
que me calhe a vida
insane e vossa em boda
até ao verão
deixei na primavera o som do encanto
riça promessa e sono santo
já não sei o que é dormir bem
 e andei pelas favelas
do que eu faço
ora tropeço em erros crassos
ora esqueço onde errei
e a mim que importa
se é bem ou mal
se me falha a cor da chama a vida toda
é-me igual
vi sem volta
queira eu ou não
que me calhe a vida
 insane e vossa em boda
até ao verão
......
deixei na primavera o som do encanto.